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el autora

“Quien me conoce podría decir que mi vida sigue sobre dos binarios paralelos, el que siguen mis pies, muy firme en la tierra, y el que sigue mi mente, de unos miles de metros más alto, con unos cambios cada tanto por bajar de las nubes y tomar contacto con la realidad.
Leer y escribir forman parte de mi existencia tanto que sin ellos me parecería no vivir. Leer estimula mi capacidad creativa, desperta mi fantasía, la nutre; escribir proyecta mi mundo inconsistente en un soporte real, y lo hace vivir, lo convierte en emociones, y lo que es más importante, lo vuelve compartible con los otros”.

Kathleen McGregor

 

 

las novelas

La Saga Corsarios se compone de un cuento (prequel) y cuatro novelas, tres ya publicadas y la cuarta en curso de redacción, que se desarollan desde el año 1664 hasta el 1674, cada una dedicada a un personaje de relieve: Corinna Mcpherson, Dorian O’Rourke, Walter Ayery, Juan Corrava y John Mcfee.

El cuento, dedicado a Corinna McPherson, constituía la parte inicial de la novela original “Corinna”, escrita al final de los años ’90, y cortada durante la pubblicación por motivos editoriales. Està aquí en formato digital y se puede leer gratuitamente en esto link

 

Corinna
Edicciones Mondolibri 2001

Siglo XVII. En tormentosos mares tropicales, piratas y corsarios disputan por botines y rehenes con feroces ataques al arma blanca a cualquier buque que tiene la desgracia de cruzarse en su camino. No representa una excepción el navío donde Corinna se ha embracada y su rara belleza la convierte en un premio codiciado. Pero si ella no tiene experiencia no quiere decir que no sea indefensa y se escapa de la violación con una cuchillo bien arreglado. Capturada, azotada, humillada y arrojada en un sórdido calabozo, está resignada a un destino cruel, cuando un golpe de suerte cambia el curso de su destino: durante un incursión en las carceles, el famoso corsario Dorian O'Rourke la ve y la toma consigo. Y ahí veamos el ánimo de las mujeres con pelo rojo. Antes al lado del fascinante corsario del que se enamora , luego al mando de un buque de su propriedad, Corinna se vuelve en verdadera señora de los mares, en un capitán temido y respetado por toda la chusma, amigo o enemigo que sea. Entre las violentas tormentas, abordajes y miles travesias se desarolla la historia de amor y de aventura de una heroína fuera de los esquemas, una mujer valiente y decidida, sin escrupólos y sensual, dispuesta a luchar hasta el última gota de sangre por el gusto de la libertad y por el hombre al que ha donado cada latido de su valiente corazón

 

Corazón Pirata
Edicciones Mondolibri 2004

Piratas, delincuentes, buscadores de tesoros, un ex filibustero y una chica en busca de su identidad, actuan en torno al misterio de la Ciudad Perdida de Manoa, El Eldorado, que siempre ha estado buscado y querido por todo el mundo. Después de la muerte de su padre, Glen descubre unas cartas y una mapa sin nombres, pero hay otros que quieren aquella mapa, y sobre todo desean las informaciónes escondidas para completarla.
Walter Avery, ahora Duque de Averstone, decide de proteger a Glen y de descubrir lo que hay detrás de esta mapa; las razones son muchas, el aburrimiento de la vida de la ciudad, el anhelo a la vida animada, el sabor de la aventura y la perspectiva de encontrar un tesoro...pero sobre todo el amor que , desde el primer momento, siente para aquella chica alta, aparentemente dócil pero interiormente rebelde, quien lo rechaza con toda la fuerza de su vulnerabilidad.

 

 

El Irlandés
Edicciones Harlequin Mondadori 2007

Hay muchas sombras en la vida de Juan Corraya, gobernador de Portobello: un secreto indecible, un remordimiento que no para de tormentarlo y una deuda que nunca podra’ pagar.
Apodado Españlo Rojo por su color insólito de pelo, es uno de los ombre más poderosos y controvertido de las colonias, famoso por sus empresas arriesgadas,el odio vehemente contra los piratas y el corazón de piedra, que ninguna mujer nunca ha conquistado.
Cuando se presenta en casa de Alma De Castillo para reclamarla como esposa, la chica se cae en la desesperación. Como puede casarse con aquel desconocido cuando su corazón late sólo por Quintano, el hombre al qual el padre la ha prometida antes de partir por la jungla y cuyo regreso espera con impaciencia? Y que pasara’ al hijo que tiene en su vientre, fruto de una sola noche de amor robado?

Una rómantica historia de amor y de aventura, un sentimiento nacido en la manera más extraña pero capaz de superar incluso la más oscura de las amenazas.

 

La Novia Española

en producción

La Novia Española (título provisorio)
Saga Corsarios # 4
ambientación : Caribe 1671

La cuarta novela de la Saga dedicada a John McFee, el mestizo con los ojos de acero que se ha quedado a la comandancia del buque negro después del regreso en Inglaterra de O'Rourke y de Avery.
 

 

extractos

de la novela "Corinna"
Estos extractos son de propiedad de Kathleen McGregor, pueden ser reproducidos en forum y webs, sólo con autorización del autor y escribiendo el nombre del autor, de la novela y del web, con el uso de este disclaimer:

"estos extractos están protegidos por copyright y llegan de la novela "Corinna"de Kathleen McGregor , están aqui publicados con autorización del autor.
Origen: www.kathleenmcgregor.com/lectorasespanolas.htm "

 

Prólogo

Océano Atlántico – 1662

Era la mañana del 19 Noviembre, el cielo estaba insólitamente limpio para ese período del año, tanto así que la mirada se alargaba por millas en cualquier dirección, hasta el horizonte, sin que ni un asomo de neblina impidiese la visión. El helado viento inflaba las velas desplegadas como enormes balones, haciéndolas vibrar en forma pavorosa con cada ráfaga, y las seis naves, como empujadas por la mano de Dios, se deslizaban sin peso sobre el agua, en un incesante balanceo entre las olas voraces de remolinos burbujeantes.
El olor de la sal arremetía el aire húmedo, haciéndose siempre más intenso a medida que la flota se adentraba hacia el mar, dejándose atrás la costa, que desaparecía progresivamente, más allá de superficie plateada del mar.
En poco tiempo el incesante, lastimoso y agitado movimiento de las naves sobrepasó a cualquier otro ruido y el balanceo aumentó.
Dorian Hugo O’Rourke, a bordo de la nave mayor. Redfury of Northsea, una fragata de ochenta toneladas armada con veinticuatro cañones, recorría pensativo, con la mirada hacia una y otra nave, deteniéndose en el aspecto macizo, que las hacían demasiado lentas y difíciles de maniobrar, y divagando distraído sobre las modificaciones que serían necesarias una vez que hubieran llegado a destino.
Involuntariamente los recuerdos afloraron.
Acunadas en la sensación de tranquilidad que el mar siempre le había sabido infundir, imágenes del pasado se superpusieron a la visón real, en un doloroso carrusel de añoranzas.
La imagen de Lord Harold, en su lecho de muerte, irrumpió con fuerza en su mente, balanceándole delante los ojos y llenándole los oídos de un silencio agobiante. Nunca había amado a su padre.
Se apoyó lentamente en la baranda, la mirada fija, le expresión indescifrable.
Pero sí, sí, él debía haberlo amado. A su modo.
Se había quedado en Londres sólo el tiempo necesario para cumplir con las formalidades. Un funeral conmovedor, el pésame de los parientes, la lectura de la última voluntad…Su nombre era famoso en la patria de su padre, muchos lo llamaban héroe, había quien lo respetaba y quien le temía…pero en ese contexto, impasible apartado de la familia trastornada por el dolor, él no era más que el bastardo irlandés de sir Anthony Harold, el hijo del corazón de hielo.
Cuando tuvo conocimiento de los legados destinados a él su sorpresa fue auténtica y ese velo de indiferencia que inundaba su mirada había disminuido imperceptiblemente…
El viento frío le hizo estremecer, desordenándole los largos cabellos rojizos e insinuándose debajo la fina tela de la camisa.
Desde el puente de la Forthsite, que navegaba a su derecha, Jonathan, el loco, le hizo una seña con las manos, arrancándole una sonrisa divertida, mientras algunas palabras obscenas se perdieron en el fragor del viento y las olas.
Se enderezó con toda su considerable estatura y una luz ambigua brilló por un instante en sus ojos, negros como una noche sin luna, amenazadores como una tempestad.
Con paso veloz y seguro, indiferente del balanceo constante de la nave, atravesó el puente, controlando con rápidas miradas el trabajo de los hombres, amarrando él mismo los nudos de un par de cuerdas, y se dirigió al timón.
Un hombre de aspecto feroz y el torso horriblemente marcado por profundas cicatrices, lo recibió con una mueca hostil.
__Estamos entrando en las zonas calientes, Sharky, vira un cuarto a derecha y mantén esa ruta…
El hombre escupió por tierra e hizo la maniobra. El segundo, que seguía las maniobras desde el castillo de popa, dejó su lugar y se le acercó.
__... ¡Un hombre sobre la cofa de mesana, soltar la vela de mesana! ¡Izar el foque!__ la orden resonó desde el puente.
Hubo un movimiento en la cofa y en las jarcias, mientras las grandes velas venían en poco tiempo desplegadas al viento.
Dorian levantó los ojos más allá de las velas, deteniéndose sobre la figura inmóvil de la atalaya encorvada bajo una manta húmeda, golpeada por el viento, tratando de controlar la parte de mar que los rodeaba. Un trozo descolorido de tela que flameaba salvajemente en la cima del palo mayor, atrajo su atención que le provocó un leve ceño.
__ ¡Y haz que bajen esa bandera!__agregó serio hacia el segundo.
__ ¡Abajo la bandera!__gritó éste, sin evitar una sonrisa divertida.
__Me preguntaba cuándo lo ibas a decir__ masculló Sharky, escondiendo detrás de la expresión severa la propia satisfacción.
Dorian fingió no haberlo oído. Con una mirada dejó a ambos, alejándose a grandes zancadas, hacia bajo cubierta.
Cuando Henry, el bizco, desde el castillo de popa del Prince of England, vio la bandera inglesa de la Redfury arriarse velozmente a lo largo del mástil y desaparecer arrebujada entre las velas desplegadas y las jarcias, la boca se le transformó en una mueca de satisfacción.
__ ¡Finalmente se ha decidido, que se lo lleve lo lleve el diablo!__rezongó con voz ronca, luego, colocando su único ojo sobre un joven grumete, ordenó:
__ ¡Tú! ¡Haz desaparecer esa bandera de allá arriba!__.
En breve, las otras naves siguieron el ejemplo de la Redfury y de la Prince of England .
Uno después del otro, Walter Thomas Avery en la Plymouth, Johnny McFee en la Judith, sir Thomas Grant en la Holden, y el loco en las Forthsite, hicieron arriar sus banderas, entre carcajadas y bromas, siguieron a la nave mayor, que penetraba como un tiburón en las aguas atlánticas hacia España.
Llegando abajo, Dorian entró en su alojamiento, más bien espartano si se compara con las lujosas cabinas de los oficiales de las fragatas auténticas.
La Redfury no ostentaba grabados dorados ni preciosos cortinajes, si bien fue durante años fuente de riquezas inestimables. Esencialmente se presentaba como una nave de guerra, dotada de un puente de cañones cubierto, y de un depósito de municiones bien abastecido, bajo el nivel del agua.
La luz gris del día entraba desde la pequeña abertura de la escotilla, iluminando débilmente la cabeza roja como el fuego, inclinada sobre un montón de mapas náuticos. La expresión seria de su rostro se relajó.
__Estás concentrado, Gavin__constató, mientras acercándose unos pasos al escritorio, se sacaba las pistolas de la cintura y las posaba ruidosamente sobre los mapas, al lado de los instrumentos de navegación.
Dos claros ojos, verdes como los mares hacia dónde se dirigían, se levantaron y sobre el rostro joven, punteado de pecas, se pintó una gran sonrisa.
__ ¡Hermano! No te oí entrar__.
__ No habrías escuchado ni un cañonazo__puntualizó sacándose la camisa.
__ ¿Qué estás leyendo?__preguntó señalando el escritorio.
El muchacho volvió su atención a los mapas.
__Estaba tratando de entender los cálculos de rutas…
Dorian se colocó detrás y dio una mirada a lo que él estaba garabateando sobre un pedazo de papel.
No hizo ningún comentario, en cambio, tomó la lámpara y la encendió, para poder ver mejor.
__ ¿Tienes frío?__le preguntó. Notando que se había envuelto en una manta.
Un estremecimiento involuntario de los hombros le dio la respuesta que no llegaba, con un suspiro atravesó la habitación y cerró la escotilla.
__ ¿En Irlanda no hacía frío?__se sentó en una silla y se sacó una bota después de la otra, olvidándose de haber formulado una pregunta.
Se echó sobre la cama, y cerró los ojos.
Irlanda…en su rostro se dibujó una mueca cínica, llena de ironía. Su tierra no había cambiado para nada, desde el día que la había abandonado.
Ni su madre, si bien habían transcurrido más de veinte años.
Había creído poder volver pisar su tierra natal, protegido por el muro del tiempo, que parecía haber borrado los amargos recuerdos de esa breve niñez…pero se había equivocado.
La aversión y el rencor habían rebrotado, provocándole una sensación de opresión.
Entre los poderosos miembros de la familia O’Dowd, de la costa occidental, él era el hijo inglés, aquel que había renegado de sus orígenes, roto todo vínculo con su tierra.
Pero más que el desprecio de esos parientes, no suyos, y hacerle arrepentir de ese regreso imprudente, había sido la dramática escena mezclada de dulces palabras y de lágrimas fáciles que Lilith O’Rourke, lady O’Dowd, había representado ante su inesperada llegada.
No había permanecido más que unos pocos días…no volvería nunca más.
Su carácter sombrío y su espíritu rebelde, lleno de cicatrices y cinismo, no habrían soportado una estadía más prolongada.
Se había hecho a la mar durante la noche profunda, de improviso, sin saludar a nadie, especialmente sin ver a su madre: para ella, si bien nunca lo habría admitido, sería un alivio, como ya lo había sido veinte años atrás.
Había sido una desagradable sorpresa, una vez dentro aguas profundas, en ruta hacia el Atlántico, sorprender al hijo de su madre escondido en la bodega.
Sabía lo que se diría entre los O’Dowd y entre los O’Rourke. La historia se repetía, pero, esta vez, ¡no era el inglés que abandonaba la amada Irlanda!
De pronto Gavin giró hacia él:
__ ¿Dorian?__
__..¿Mmm?__
__ ¿De qué se trata esta zona punteada? Cruza todas las rutas en distintos puntos del océano, pero no tiene un sentido, y a veces parece indefinida…
El silencio dominó por un imperceptible instante.
Dorian no se movió, pero una sonrisa maliciosa se dibujó en su boca.
__ Esas, hermano, son las rutas de las naves españolas…__no logró esconder una sonrisa, ya que la respiración del joven se había detenido,…__y son nuestras rutas a cruzar.__concluyó.


Apoyado en la baranda del puente de mando de la Plymouth, Walter Avery, catalejo en mano, estudiaba el horizonte a su izquierda. El viento soplaba con violencia, y a cada ráfaga nubes de gotitas heladas y saladas arremetían abofeteándolo.
__ ¡Vamos muy rápido!__ estalló una voz enojada a sus espaldas__la vela de trinquete está bajo mucha presión, no resiste esta marcha. Si continuamos así la perderemos__.
__Ten fe Paul__ le reprochó, sin embargo no pudo evitar dar una mirada preocupada al mástil de proa. Levantó la mirada hacia la atalaya y reclamó la atención lanzando un silbido; desde lo alto un muchacho asomó, haciendo un gesto negativo con la mano.
Se pasó una mano entre el cabello mojado, distraídamente, luego cerrando el catalejo que aún apretaba en sus manos, se aprestó a descender bajo cubierta.
La flota mantuvo la marcha impuesta por la nave maestra durante toda la jornada, sólo hacia el atardecer Dorian hizo cerrar el trinquete, velamen, foque y contra foque, el velero disminuyó ostensiblemente la velocidad, y él fingió no darse cuenta de los suspiros de alivio que procedían de la tripulación.
Durante la noche el viento amainó, y el cabecear de los cascos sobre el agua se dulcificó.
La temperatura había bajado terriblemente, y los hombres de guardia, protegidos por alguna manta o capa de lana, trataban de reactivar la circulación de los miembros helados, caminando continuamente arriba y abajo en sus puestos.
En avistarlas primero fue el muchacho de la atalaya de la Forthsite. Luego, el grito “¡Velas a babor!” se desplazó de nave en nave, hasta que todos, silenciosos por la excitación, miraron hacia el horizonte en una mística espera.
El sol estaba apareciendo y comenzaba a aclarar, cuando como surgiendo de la nada, envueltos en una leve neblina, se recortaron los mástiles velados de un número indefinido de galeones.
Dorian gritó las órdenes y la Redfury, inmediatamente imitada por las otras, bajó el farol de popa y viró hacia la derecha. Las velas fueron orientadas al viento, y protegidos por la oscuridad, se pusieron a navegar a gran velocidad hacia el oeste, paralelamente a la flota española, que ahora aparecía inmensa.
Sobre la nave maestra, el San Salvador ,un galeón de ciento veinte toneladas, armado de veintiocho cañones, Don Alfonso Corraya y Calente guiaba a cien naves de su flota hacia la patria española.
La responsabilidad sobre sus hombros era de proporciones gigantescas, ya era consciente que en las bodegas de esos maderos estaba acumulada la riqueza de España, en oro y plata, para al menos los diez años sucesivos.
A pesar de ello se sentía seguro, convencido que ninguna nave pirata se habría arriesgado a atacar un conjunto tal de naves y bajeles armados.
Satisfecho y orgulloso de sí, acarició el encaje que le cubría el mentón pronunciado, soñando los honores y la gloria que le depararía esta empresa.
Claro que, su majestad catolicísima, no era pródiga en donaciones en dinero, pero su gratitud y benevolencia podían abrir puertas muy ambicionadas. Y con la autoridad que los títulos otorgaban. Acumular ingentes riquezas no era problema, en el nuevo mundo.
Una luz tenue había comenzado a dorar el horizonte mientras procedían lentamente, pesados por la carga, en la oscuridad. El viento se había levantado imperceptiblemente y una hoz plateada de luna hacía brillar las olas marinas.
__ ¡Almirante!__la voz cortés del vice comandante lo trajo al presente.
Con un gesto distraído de la cabeza contestó al saludo militar que se le ofrecía y lo invitó a hablar.
__Se nos ha dicho por las retaguardias que el San Juan , un galeón de fila, ha tenido problemas a bordo .Un pendón se ha caído sobre el puente y han perdido la vela maestra. La están sustituyendo, pero se han visto obligados a disminuir la velocidad, y pronto quedarán atrás.
__ ¿Quién está al mando?__se informó.
__ El capitán Pérez, señor__.
__Bien__concluyó con relativa calma, __señale a la vice almiranta de cola, la Giralda, de disminuir la velocidad sin apartarse del resto de la flota, y de hacerla escoltar por un par de naves menores.
__ Estaremos menos compactos…__agregó frunciendo el ceño__pero no la perderemos__.
__ Sí, señor. Inmediatamente ejecuto__y se alejó.
Si bien aún se encontraban lejos de tierra firme, la mayor parte de la travesía se había cumplido, y había sido tranquila.
Don Alfonso se convenció que nada podía suceder en ese trayecto de mar relativamente breve.
Se sintió un león, y en parte lamentó de no haber tenido la oportunidad de medirse con algún pirata inglés, ya que una victoria contra ellos habría de seguro notablemente aumentado sus méritos y habría rendido su empresa grandiosa, una vez llegado a destino.
Estaba haciendo estas y otras consideraciones, la boca fina, mostraba una sonrisa ambigua, cuando llegó a sus oídos la noticia que temía anhelaba con el mismo ardor.
Se sobresaltó, mientras el grito “¡Naves a babor!” se difundía de puente en puente, por toda la flota, sembrando pánico en la tripulación y la excitación entre los oficiales.
Binocular en mano, Corraya trató de localizarlas, el cielo todavía estaba oscuro. Probablemente si hubiera sido de día las habrían avistado mucho antes, en cambio, habían sido tomados por sorpresa.
Estaban navegando velozmente en dirección opuesta a la de ellos, manteniendo una distancia que los hacían inalcanzables a sus abordajes.
El olor de peligro le cerró el corazón como una mordaza.
__ ¿Qué bandera flamean?__preguntó con un grito sin apartar la atención de las sombras de las naves del horizonte.
Fue el vigía que gritó la respuesta, y fue una respuesta que le heló la sangre en las venas:
__ ¡Ninguna!__ ¡Sólo un hombre era tan atrevido de surcar los mares sin bandera!
La rabia lo sobrecogió, el rostro se manchó de rojo mientras los ojos oscuros se redujeron a dos rendijas amenazantes: ese era O’Rourke, el corsario.
En un momento, como si algo lo hubiese improvisamente iluminado supo lo que el pirata haría. Abrió los ojos y perdió el poco autocontrol, mientras enfurecido se dirigió gritando a sus hombres.
__ ¡Nos golpeará en la espalda! ¡Adviertan a la Giralda. Ese bastardo apuntará sobre cualquier galeón de la cola, estoy seguro!...__respiraba afanosamente, luchando contra el tiempo, desesperado por encontrar una salida… __se les apegará cono una sanguijuela escudándose, y nosotros no podremos responder al fuego sin arriesgar de golpear nuestras propias naves!__
Se detuvo un momento a reflexionar. O’Rourke era como un tiburón, apuntaba a la presa, la golpeaba a muerte y la arrastraba lejos.., pensó, pero esta vez había equivocado el blanco, esta vez lo que estaba apuntando era la cola de la ballena, y habría pagado a un precio alto su descaro.
El San Salvador desplegó cada vela y bajo los ojos atónitos de la tripulación de los galeones que la seguían a breve distancia, hizo contramarcha, en un ancho viraje a la derecha. Casi contemporáneamente las ventanillas de los lados del casco se abrieron, mostrando las bocas oscuras de los cañones, listos para el fuego.
De propia iniciativa, los comandantes de un par de navíos escoltas, habiendo adivinado la maniobra, hicieron lo mismo, separándose del cuerpo de la flota que continuaba a avanzar por la ruta original, y se le pusieron detrás, armando los cañones.


Agarrado a la balaustrada del castillo de popa de la Redfury, Gavin O’Dowd, observaba fascinado la febril actividad que se extendía entre la tripulación, visiblemente excitada al pensar en la batalla. El puente estaba lleno de hombres de aspecto espantoso, armados hasta los dientes de pistolas, espadas y cuchillos, mientras al lado de los cañones se acumulaban municiones y pólvora.
Dorian impartía órdenes con la seguridad y arrogancia de quien nunca había perdido una batalla.
Parecía invulnerable, y él sintió que lo admiraba como no había admirado a ningún otro.
Le había ordenado perentoriamente de no moverse de la cabina, pero Gavin no habría perdido ese espectáculo por nada del mundo.
La Holden, la Judith y la Prince of England los seguían a breve distancia, la Forthsite navegaba a su derecha mientras la Plymouth estaba a la cola.
Los gritos de batalla de Johnathan, el loco, llegaron hasta los oídos de Walter, y él sonrió.
Tenía una luz extraña que le iluminaba la mirada mientras, con manos firmes, cargaba primero una pistola, después otra, colocándolas en la cintura.
En ese momento los españoles ya debían haberlos avistado. La Redfury mantuvo la ruta hasta cuando apareció en la retaguardia de la flota. Los ojos pegados al catalejo, Dorian estudió, evaluó al enemigo individualizando la presa: un galeón que, por alguna razón misteriosa, había quedado apartado en la cola y avanzaba lentamente.
No estaba aislado, ya que algunas naves parecían haber disminuido la velocidad a propósito, para no dejarlo sin protección, pero si bien estaban bien armadas, no estarían en condiciones de defenderlo.
La boca torcida en una sonrisa diabólica, lanzó las órdenes, prestamente transmitidas a los cinco barcos detrás de ellos.
La luz del alba comenzaba a delinear los perfiles de los cascos, el cielo era de un azul cobalto encendido y contra de él destacaba el blanco de las velas enemigas.
De pronto, la flota corsaria viró, viniendo a encontrarse en un ángulo de un cuarto respecto a los galeones españoles, y apuntaba directo contra la zona de mar inmediatamente detrás de la popa del San Juan.
Pérez se sintió morir, mientras presa de pánico comenzó a ordenar disparar, y así hicieron los comandantes de la Giralda y las naves extremas.
De las bolas de los cañones se levantaron llamas cegadoras, mientras del agua a su alrededor comenzó a hervir de burbujas.
Sobre la Redfury reinaba un increíble silencio, los hombres, en grupos de tres en cada tramo, esperaban, temblando de impaciencia, la mirada fija en su capitán. Sólo cuando un tiro amenazó alcanzarlos, inundando el puente de agua, Dorian levantó la mano armada en el aire, y con un grito la dejó caer. En el instante inmediato el puente tembló bajo el culatazo de los cañones, luego pasados tres minutos que sirvieron a los hombres para recargarlos, hicieron fuego de nuevo.
Con el ejemplo de la nave maestra, la Holden y la Judith, iniciaron a hacer fuego a su vez, mientras la Forthsite superaba por la izquierda la proa de la Redfurye e iniciaba la maniobra de acorralamiento enviando algunas descargas contra la popa de la del San Juan en el intento de hacer blanco en el timón.
Una serie de tiros cayó en el puente de la Giralda, diezmando los hombres e inutilizando un buen número de armamento, otra serie trituró un palo del San Juan, transformando lo que quedaba en una única e inmensa lengua de fuego.
Estaban lo suficiente cerca y Gavin, petrificado en su lugar, podía distinguir los marineros correr desde sus puestos entre los cuerpos agonizantes de los heridos, en el intento de apagar el incendio.
Vio un hombre envuelto en una cortina de fuego, lanzarse por sobre la baranda con un grito que no tenía nada de humano, terminando en el agua, donde de todas maneras habría encontrado la muerte. Un conato de vómito lo hizo inclinarse sobre sí mismo.
Demasiado tarde, Dorian se dio cuenta del enorme galeón y de los dos barcos que lo escoltaban.
Protegido del conjunto de sus naves, el San Salvador, había alcanzado la Giralda y como aparecido de la nada, superaba rápidamente el San Juan, ya detenido y en manos del enemigo.
La Redfury se lo encontró directamente en la proa.
La Forthside, intentó un viraje, con la intención de salir de la línea de fuego pero en la maniobra se inclinó violentamente, arrojando fuera bordo varios hombres y varios cañones, mientras el asta horizontal, cortado por una primera ráfaga de tiros, se llevaba la vela.
En menos tiempo de lo esperado, una lluvia de balas de cañón arremetió contra las naves corsarias, sin que éstas estuvieran preparadas a recibirla.
Animado por ese giro en su favor, Pérez reunió los hombres que le quedaban y recomenzó a hacer fuego de modo frenético y continuo, golpeando, tal vez más por suerte que por habilidad, el puente de la Holden.
Entre gritos y maldiciones, le tripulación de la Redfury se encontró bajo los tiros mortales ocasionados desde el San Salvador, con cuidado y precisión.
__ ¡Alejémonos de acá!__gritó Dorian, lanzándose sobre el timón, mientras Sharky y otros marineros maniobraban las velas.
Una serie de tiros abrió un desgarro a un costado, y otra serie cortó el palo mayor que en una nube de polvo, cayó arrastrando consigo las velas en llamas y se estrelló sobre el puente con un increíble estruendo.
Gavin, arrojado a tierra por el desplazamiento del aire provocado por el estallido, evitó por milagro ser arrastrado, mientras una oleada de astillas de madera lo arrolló hiriéndolo.
Lenguas de fuego iniciaron a atacar cada cosa.
__ ¡Agua en la bodega, capitán!__.
Dorian afirmado en la barra del timón ladró las órdenes a los hombres que luchaban con las jarcias y con los cables de acero que fijaban la mesana, los mástiles y las velas de proa y las mesanas estaban aprisionadas y las oscilaciones inconstante de la carena entre las enormes olas, estaban tirando afondo la nave.
__ ¡Tiren las velas! ¡Desplieguen toda la tela que tengamos!__.
__ ¡Capitán una bomba se ha bloqueado, la rotura es demasiado grande! ¡Estamos embarcando agua como un río!__desde la escotilla un hombre, empapado de agua hasta la médula, gritaba sin aliento.
__ ¡Coloquen mantas y hamacas en la rotura, detengan el agua!__la voz de Dorian apenas se oía bajo el estruendo de la batalla.
__ ¡Hachas en mano, saquen ese palo del puente y libérenlo de las velas!__
En el lapso de tiempo de un segundo, el puente fue traspasado por los sonidos de las hachas ocasionados por los hombres a lo que quedaba del palo mayor.
Cuando finalmente comenzaron a virar para sustraerse del fuego enemigo, la gran nave soportó un enésimo golpe, sufrió un terrible estremecimiento que le empujó hacia delante; la barra del timón azotó con fuerza a Dorian, catapultándolo sobre el puente.
Se oyó un estallido atroz, luego, lentamente, en manos del viento y de las olas, la Redfury comenzó a inclinarse.
En ese momento la proa de la Holden se insinuó entre ellos y el enemigo, con la clara intención de protegerlos se preparó para una colisión sin igual.
Johnny McFee, en la Judith, los superó desde la derecha colocándose de modo de cubrir la retirada de la Forthside.
Cuando ya estaba claro que la Redfury se estaba inexorablemente hundiendo, la Prince of England se le colocó al lado, embarcando lo que había quedado de la tripulación, mientras la Plymouth protegía la maniobra.
Presos de una rabia sorda, Dorian, a su pesar, ordenó la retirada.
Mientras los marineros abandonaban la nave, en la más total confusión, él se precipitó en busca de su hermano gritando su nombre.
En aquella confusión general, cubierto de sangre y de ceniza, Gavin buscó a su hermano, protegiéndose con los brazos los ojos del calor de las llamas.
Tropezó con el cuerpo de un marinero, terminando con la cara a tierra contra un tonel de pólvora.
__ ¡Oh, Cristo!__gimió. Se levantó con toda la rapidez que su cuerpo adolorido le permitió. Intentó alejarse cuando con una escalofriante crepitación la verga de mesana consumada por el fuego, inició a deslizarse contra el palo, cayendo sobre el tonel. Apenas se dio cuenta cuando miró hacia ese punto para lanzarse contemporáneamente hacia delante.
El tonel explotò arremetiendo contra el puente y la nave se estremeció, lanzándolo al mar.
El agua helada lo acogió como una tenaza, cortándole la respiración. Cuando reflotó respirando afanosamente, se dio cuenta que no estaba solo.
Algunas cabezas surgían desde el agua, moviéndose entre las olas.
__ ¡Muchacho, agárrate!__
Un marinero a su lado lo cogió de la camisa empujándolo hacia un madero de la nave. Tosiendo y escupiendo lo agarró mirando hacia la Redfury, ya presa de las llamas. Sintió un terror sordo apoderarse de él y comenzó a temblar convulsivamente.
__ ¡Nada, muchacho!__...escuchó la misma voz animándolo__... ¡Debemos escapar de aquí, antes que nos arrastre con ella…!
Con los ojos que le ardían por las lágrimas, comenzó a nadar, entre el remolino de la nave maestra que se sumergía, y las enormes olas provocadas por el movimiento de los cascos y de los contra golpes de los cañonazos.
Delante de ellos estaba la Holden: la salvación.
En el instante en que ésta se movió, un grito desgarrador escapó de su boca, mientras, paralizado por el frío y la angustia, la vio alejarse.
No los habían visto y no los podían oír. Para ellos era el fin.
Se apoyó llorando en el trozo de madera en el que estaba sujeto, y oró hasta que la muerte viniese pronto e indolora.


Cuando casi todos habían sido subido a bordo y Dorian aún no se veía, Henry el bizco, montó en cólera.
__ Por todos los diablos del infierno, ¿Dónde se ha metido ese bastardo?__.
Con voz feroz dio una perentoria orden, sus hombres se pusieron pálidos pero no se atrevieron a protestar.
Se acercaron tanto a la nave maestra que por poco los costados no chocaron la una contra la otra.
Asomado a la baranda Henry llamó una y otra vez.
Vislumbró un movimiento sobre el puente, tras la cortina de humo que se levantaba desde las llamas, luego, de pronto, hubo una explosión y fueron atacados por una multitud de lenguas de fuego que se encendieron por doquiera.
__ ¿Apaguen esos fuegos!__gritó, se sacó la chaqueta, cogió la cuerda de una polea , se dio un empujón, voló más allá de la baranda y aterrizó en el puente semi destruido de la Redfury. Con una seña ordenó a sus hombres de alejar la nave, pero tuvo que dispararles un tiro de pistola, antes que se decidieran obedecer.
Maldiciendo, Henry comenzó a buscar Dorian entre los cuerpos sin vida.
Viendo la Prince of England alejarse, Sir Thomas Grant, hizo mover la Holden a toda velocidad, viró hacia noreste, detrás de la Judith y la Forthsite, a la larga del San Salvador y alejándose de esa posición tan precaria, antes que el depósito de municiones de la Redfury estallase por los aires.
En el momento en que también la Plymouth maniobró para adelantarla por la derecha, la figura de un hombre, inclinado bajo el peso de otro, se recortó entre el humo y las llamas, y un momento después saltó al vacío, terminando en los remolinos del agua.
Walter dejó el puesto de mando, y como un relámpago, corrió por el puente, hacia la proa gritando a pleno pulmón:
__ ¡Hombre al agua! Paul vira a izquierda…abajo las cuerdas, rápido. ¡Rápido!...__
Se asomó por la baranda y reconoció a Henry que nadaba hacia ellos arrastrando un cuerpo exánime.
__ ¡No diminuyan la velocidad!__gritó, luego, se quitó la chaqueta, las botas y antes que los hombres lograsen detenerlo se lanzó.
Nadó con toda la fuerza de la que podía disponer, ya que era consciente que a aquella velocidad la nave los habría perdido en un tiempo muy breve.
Alcanzó a los dos hombres, agarró el brazo libre de Dorian, y retornó a nadar hacia el Plymouth.
En el momento en que con un esfuerzo supremo, logró coger una de las cuerdas que colgaban a nivel del mar. Supo que sus órdenes no fueron obedecidas, y una cálida luz le iluminó por un momento los ojos irritados por la sal.
Cuando el cuerpo de Dorian fue izado a bordo, Henry y Walter se dejaron caer más allá de la baranda, sobre la superficie del puente, la nave retomó su carrera, dejándose a las espaldas las siluetas de los galeones victoriosos, y la carcasa en llamas de uno de los más temidos barcos pirata.
Walter todavía respiraba afanosamente, mientras a la escena real su mente interpuso imágenes del pasado.
Había pasado los últimos cinco años a bordo de esa nave, y, Cristo, su corazón le dolía como si hubiese perdido un compañero.
__ ¿Pero qué diablos hacía todavía a bordo este irresponsable?...__atacó de pronto, llevando su atención sobre el cuerpo inmóvil de Dorian.
Henry levantó los hombros, sin traslucir ninguna emoción.
__Tiene un desgarro profundo en el muslo…__informó con voz neutra…__se le había introducido un trozo de madera__explicó.
__ ¿Y la cabeza?__preguntó Walter notando el chichón en la frente.
__Ese se lo hice yo__.
__ ¡No me lo digas!__ rió Walter.
Con un suspiro el bizco se levantó:
__ Sí, y no quiero estar aquí cuando despierte__.



En su cabina, cómodamente sentado en su butaca, Don Alfonso se congratulaba consigo mismo por el extraordinario suceso obtenido.
Se acarició la barba sonriendo.
Había hundido la nave corsaria que por cinco años había surcado las aguas desde las colonias del nuevo mundo hasta Europa, burlándose de la entera flota española, depredando un galeón tras otro y apropiándose de inmensas fortunas en perjuicio de la corona española.
Se sentía satisfecho y excitado.
Sabía que Dorian no había muerto, sus compañeros se habían lanzado sobre la Redfury herida de muerte como una manada de elefantes intentando de proteger su pequeño. La velocidad y la rapidez de reflejos de sus hombres habían impedido a Dorian de sucumbir, ese día, y él se encontraba no obstante, a envidiar a su enemigo.
Tocaron a la puerta, y ante su consenso, ésta se abrió.
Un oficial entró en la habitación y saludó militarmente.
__ Señor, los sobrevivientes que hemos salvado y hechos prisioneros han sido encadenados y esperan en el puente__.
__ Bien, Sánchez, vamos, quiero verlos__.
La luz gris de la aurora iluminaba sus cuerpos sucios y mojados, no así el hostil orgullo de sus miradas. Algunos se ellos estaban heridos y estaban recostados en el suelo, semi desvanecidos. Sufrían en silencio.
La atención del almirante fue capturada por un momento por una cabellera de un rojo encendido, inclinada, entre dos hombros delgados.
__Conocen su suerte…__sentenció en inglés potente…__ a los heridos graves los mataremos, los otros serán desembarcados en España y entregados a las autoridades__.
El muchacho de cabellos rojos levantó la mirada de pronto, Don Alfonso vio el odio en esos ojos fríos, e involuntariamente lo imaginó con algunos años más. Sería un enemigo implacable, tal vez más que Dorian.
__ ¡Mi hermano se vengará!!__gritó con énfasis__ ¡Te matará con sus manos, bastardo español!...__
Sánchez que entendía el idioma, levantó una mano para golpearlo pero fue inesperadamente detenido por Corraya, cuyos ojos instantáneamente se habían transformado en dos hendiduras amenazantes.
__ ¿Hermano?__preguntó.
Gavin dio un paso adelante, haciendo tintinear las cadenas de los tobillos, y con una mueca de desprecio escupió en el suelo, a los pies del español.
__ ¡Tienes la marca de la muerte en la cara, Hidalgo!__.
Un silencio lleno de tensión caló sobre el trío, Sánchez sintió un escalofrío recorrerle la espalda mientras una sombra de aprensión se insinuaba en su mente.
Don Alfonso no dio señales de temor, mientras su segundo había visto en esas palabras de muerte una premonición de desventura, él no las había considerado más que un desafío. Se acarició la barba.
__ ¡El hermano de Dorian!__dijo finalmente, saboreando ante aquella revelación, el sabor dulcemente embriagador de una sutil venganza.



Capítulo 12



El rostro delicado, la piel suave y lisa, se iluminó por un momento en una sonrisa serena, un gemido de placer le surgió de sus labios semi cerrados mientras se estiraba, hundiéndose en la más suave de las almohadas que pudiese recordar. Cuántas veces había soñado ese sueño, siempre el mismo bellísimo sueño, y después se había despertado en esa celda sucia y oscura…envuelta en hielo del temor.
Había aprendido, sí, lo que era el miedo. Nadie nunca le había dicho cuánto pudiese ser fuerte esa sensación, y cómo podía marcar hasta aniquilar el valor y la tenacidad… su ceño se marcó, consciente en el sueño que estaba por despertar…su mente estaba lúcida, sólo tenía que abrir los ojos. Pero no quería despertar, no todavía.
Quería que esa sensación de paz infundida por esa breve ilusión la acunase todavía un poco más en sus espirales sin tiempo…
Pero cuando finalmente entreabrió los ojos, no fue la oscuridad a recibirla, sino que una luz cálida, dorada, que por un momento le ardió las córneas.
Su respiración se detuvo. ¿Dónde estaba?
Desde la oscuridad de su memoria no llegó ninguna respuesta.
Su mirada recorrió la habitación desconocida, unos pocos muebles simples, algún libro puesto desordenadamente en los estantes, una mesa rebosante de mapas y un par de botas masculinas en el suelo debajo de ella.
Se alarmó.
Controló de nuevo a su alrededor y de nuevo se encontró sola.
En el silencio, interrumpido por su leve respiración, aumentó poco a poco el murmullo ininterrumpido del mar, haciéndose por un momento casi tangible, junto al leve balanceo que mecía toda la estructura…
Era el mar. Esa revelación la dejó sin aliento y por algún oscuro motivo, la animó.
Impulsivamente se sentó. La sábana fina que la cubría se deslizó…Se sobresaltó. ¡Estaba desnuda!
Se llevó las manos al pecho, protegiéndose instintivamente, y se dio cuenta de las vendas que le fajaban las muñecas, de las que le rodeaban el tórax y la espalda…sus brazos estaban limpios, así como todo su cuerpo.
No había más ningún rastro de sangre, ni de suciedad o de sudor.
Se miraba, atónita, pero en su mente sólo encontró el vacío.
No recordaba de haberse lavado, no recordaba siquiera como salió de la celda…se turbó.
¡No recordaba un pepino!
¡Tenía la impresión de haber dormido cien años!
Y tal vez había sido así. Tal vez se había desmayado.
Pero, entonces, ¿Quién la había cuidado?
Su mirada se deslizó espontáneamente en las botas debajo la mesa.
Quién sabe por qué, el primer pensamiento que pudo formular en ese momento fue que el propietario debía ser un hombre muy alto.
Y fuerte, taciturno, viril. Le sugirió una voz dentro de ella.
Enrojeció ante sus propios pensamientos.
¿Qué sabía ella?
Se puso a observar la habitación con cierta curiosidad, segura ya que se trataba de la cabina de una nave.
Sintió deseos de levantarse. Buscó con los ojos alguna prenda cercana, algo para vestirse. Se mordió los labios cuando se dio cuenta que no había nada, pero sin amilanarse se envolvió en la sábana y descalza, bajó del lecho.
Una sensación de debilidad la invadió de inmediato.
Comenzó a darle vuelta la cabeza, la vista a nublarse, se llevó una mano en la frente y se apoyó en la pared. En el intento de mantener el equilibrio.
Las piernas de improviso débiles comenzaron a ceder. Se sintió deslizar hacia el piso, pero no estaba en condiciones de impedirlo…
Una imprecación verdaderamente poco femenina brotó de sus labios justo en el momento en que dos fuertes brazos la alcanzaban y la levantaban.
Una segunda imprecación cortó el aire, pero Corinna estaba segura que no procedía de su garganta, porque tenía los labios cerrados y porque, desde el momento que él, para total consternación de ella, su cuerpo había reconocido esos brazos, le parecía que había perdido totalmente la capacidad de la palabra.
…¿Estás bien? Contesta, pequeña…__esa voz le dio calor, mientras los recuerdos comenzaron a aflorar, todos juntos de una vez. El alivio se transformó en dolor, muy intenso.
La estaba recostando en el lecho.
__¡No!__protestó con un impulso, y sin darse cuenta se aferró a su camisa.
El hombre se inmovilizó
__ ¿No?__.
Corinna se retrajo. Cruzó las manos en su regazo, no osando mirarlo.
__ No quiero volver a la cama__explicó finalmente con una voz pequeña, pequeña. ¿Por qué se sentía tan terriblemente tímida?
Dorian la miraba admirado, esperando que levantase el rostro, pero después de un momento, se dio cuenta que esa espera podía durar eternamente, antes que se decidiese.
__ ¿Te sientes mejor, pequeña?__.
¿Pequeña? Corinna se puso seria ante el uso de ese apelativo y levantó la mirada, fijándolo con dos ojos ceñudos de un divino color amatista.
Quedó fascinado.
Muchas veces había buscado de imaginar esa mirada debajo de los parpados cerrados, pero lo que se le presentaba realmente superaba cualquier expectativa…
__No soy pequeña__negó de un modo poco convincente, mientras con un leve levantamiento de hombros confirmaba la evidencia.
__ Ahora puede colocarme a tierra, gracias__.
__Antes debes recuperar un poco de fuerzas. Estás malditamente pálida__.
__Permaneceré de pie__prometió con una pizca de rabia.
Dorian levantó una ceja, y la boca dura se transformó en una mueca divertida.
__No me había dado cuenta de haber tenido una tigresa en mis brazos…__.
Corinna se agitó imperceptiblemente. Sostuvo su mirada, si bien tuvo que hacer frente a todo su coraje para hacerlo, ya que sus ojos, los más negros que nunca había visto, parecían traspasarle el alma.
__ ¡Bájeme!__le ordenó tratando que no temblara su voz.
Después de un instante de mutuo silencio, él atravesó la cabina y la colocó sobre una poltrona.
__Terminarías de nuevo al piso. Y tal vez también te desmayarías…_-le vio ponerse tensa. Fingió no darse cuenta de sus frenéticos intentos por cubrirse y no le dijo que, debido a la situación, conocía perfectamente cada centímetro de su cuerpo bellísimo. Lo habría descubierto demasiado pronto.
__ ¡Yo no me desmayo nunca!__negó demasiado precipitosamente.
Él rio.
__ No me había dado cuenta__
__Es muy maleducado, señor…¿Cómo le debo llamar?.__.
Dorian quedó atónito y al mismo tiempo fascinado por su tono insolente. Era evidente que debía sentirse mucho mejor. Se relajó completamente, era la primera vez después de la última semana.
Después de zarpar sus condiciones habían empeorado tanto que también Cole, el médico de a bordo, había temido lo peor. Había creído perderla y se había sentido terrible, también insensato.
__Me llaman Dorian, pequeña, y también Bastardo. Inglés, Corsario…__
__ ¿Debo escoger?__
Si creía que la iba a desconcertar, había fallado miserablemente. Sacudió los hombros.
__ ¿Tienes hambre? Hace siglos que no comes nada de decente…__
__ ¡Oh, sí!__lo interrumpió cambiando improvisamente de humor.
Lo miró darse vuelta y dirigirse hacia la puerta, para comunicar la orden.
Realmente era alto, no pudo evitar notar y ella era de veras pequeña. Cuando estuvo de nuevo con ella, se sentó en una silla frente a ella, cruzó las largas piernas envueltas por pantalones oscuros, y comenzó a estudiarla divertido.
__ ¿Esta es una nave inglesa?__preguntó ella.
Parece una sirena. Pensó complacido.
__Podríamos definirla así. Formalmente lo es__.
En silencio admiró la espesa cabellera roja como el fuego, que caía despeinada sobre sus cándidos hombros bien redondeados, y le enmarcaba un rostro que parecía de alabastro…esa sábana delgada que la fajaba como una segunda piel le otorgaba una belleza diáfana, y un aura de inocente seducción propia de ciertas imágenes de diosas griegas.
Corinna se detuvo a escrutarlo con el mismo descaro: poseía un rostro no precisamente hermoso, pero decididamente fascinante. Los rasgos eran duros, angulosos, la boca bien diseñada, severa, la mirada seria e indescifrable…
__ No me gusta cómo me mira, sir__farfulló ella de improviso.
__ ¿Por qué, cómo te miro?__.
__El hecho que me haya sacado de ese foso espantoso no significa que pueda tomarse ciertas confianzas, milord __dijo seca.
__No uses ese título conmigo, pequeña. Sería desperdiciado, y a mi no me agrada__se levantó y se dirigió hacia el mueble de los licores__El hecho que yo te haya sacado fuera de ese hoyo espantoso me da bastantes derechos, desde mi punto de vista. Habrías muerto, sin mi intervención__.
__ ¡Es muy gentil recordarlo!__murmuró ella.
Llenó la copa __Y sería un loco, si no me aprovecho de alguno__ bebió.
__ Está adentrándose en aguas peligrosas…__
__Estoy acostumbrado__.
Llegó un muchachito con una bandeja llena de alimentos. Corinna olvidó la respuesta mordaz que tenía en los labios, y con el rostro iluminado, se dedicó completamente a saciar su estómago vacío.
Admiró su imagen infantil que se lanzaba sobre la comida como un halconcito hambriento. Ese repentino cambio lo desconcertó. Había depuesto las armas para enfrentar una necesidad superior…Indudablemente esa mujer poseía un cerebro, sin embargo, cada una de sus reacciones parecía instintiva. La sinceridad de sus movimientos y de sus miradas era innegable.
La estudió silencioso por largos momentos.
__Quedaste inconsciente por varios días…__dijo de pronto, aclarándose la voz…__tenías fiebre muy alta, algunas heridas se habían infectado__.
Corinna cesó de comer y se detuvo para escucharlo atentamente.
Le pareció de leerle en los ojos un reconocimiento sincero, pero eso no hizo más que hacerle las cosas más difíciles.
__Las curaciones no podrán impedir que permanezcan algunas cicatrices__.
Cayó el silencio. Corinna perdió el apetito, él el buen humor.
__ ¿Son muy evidentes?__preguntó seca.
Dorian asintió.
__ ¡Bien!__explotó con rabia, maldiciendo en gaélico.
__ ¡Me quedará un agradable recuerdo de esta bella aventura! ¿Ciertamente, no tendré que preocuparme más de algún proyecto matrimonial!__.
__ ¿Matrimonio?__.
__ ¡Lo más gracioso de la situación! Me fui para rehuirlo, pero el precio ha sido bastante caro…__
Respiró profundamente, tratando de contener la cólera y la frustración…había rechazado a McCallan pero no la posibilidad de encontrar al hombre adecuado. Con unas marcas tan desagradables impresas en su piel nadie la habría querido.
__ Tú no eres inglesa__dijo él con la impresión de tener delante a una fiera herida.
__ Eso no me ha beneficiado__.
__ ¿Cuál es tu nombre?__.
__ Corinna Kathleen Mc Pherson, del clan Mc Pherson de Escocia__.
__ Kate__: pronunció ese nombre como una caricia, ignorando deliberadamente el primero.
Corinna notó en su voz un dejo de sensuanlidad, y esto la alarmó.
__ ¿Milady, para usted!__.
__ Así que eres noble__ su tono, de improviso sarcástico, no la tocó en lo más mínimo.
__ Podría ser incluso la reina, y eso no cambiaría el estado de las cosas. He sido maltratada, fustigada y marcada irremediablemente por un bastardo español y ahora estoy a bordo de una nave, aparentemente inglesa, en las manos de un bastardo corsario…quien por una broma del destino le debo la vida, y que probablemente querrá ser recompensado de cualquier modo__.
Dorian la observó pensativo. No tenía nada que objetar, pero diablos, había esperado un poco de gratitud de aquella carita de niña. No pudo descifrar si aquello que traslucía su mirada venenosa fuese coraje, desencanto o simplemente inconsciencia.
Su expresión se oscureció peligrosamente. Ya era irritante que una mujer se dirigiera a él de ese modo, inaceptable era que se tratase de esa mujer.
__El cinismo no te conviene, Kate__la regañó severo__ Las perspectivas actuales en todo caso son mejores de las que tenías en España__.
__ ¡En todo caso no dependerán de mí, como no dependían de mí en España! Son siempre ustedes los hombres a dictar las reglas del juego__.
__ ¿Qué quieres decir?__.
__ ¡Exactamente lo que he dicho! Pero tenga cuidado, señor, puedo haber fallado con Corraya, pero seguro que mi mano no fallará la segunda vez__.
O’Rourke, estaba desconcertado. No sabía si hacer caso a la cólera provocada por los insultos o aceptar con una carcajada la ironía de la situación.
Por primera vez en su vida, no sabía como comportarse. Tenía delante una gatita aterrorizada, y sabía bien de que cosa quería protegerse.
__ No me compares con ese perro de Corraya, Kate, te advierto__rugió enojado.
__Estoy tratando de mostrarme paciente contigo, mucho más de cuanto he sido con cualquier mujer, porque imagino lo que debes haber pasado allá, pero no pretendo permitirte que te encierres dentro de una coraza de hostilidad respecto a mí. Por lo que has sufrido en el pasado, yo no tengo nada que ver; por lo que concierne al futuro veré de preocuparme de ti, y lo haré a mi modo__.
Corinna sintió la garganta seca.
__ ¿De verdad es un…corsario?--.
__ Dorian Hugo O’Rourke, mi dulce Kate. Soy un hombre de la peor especie, pequeña mía, combato, mato, robo… ¡Pero nunca he violado a jóvenes vírgenes!__ sus ojos ardían de rabia y de deseo, así como su voz, baja y ronca, la golpeaba y la acariciaba al mismo tiempo.
__Estará orgulloso, supongo__.
El vaso vacío se rompió bajo la presión de sus dedos. Corinna sobresaltó. Su cólera casi era tangible. No osaba encontrar su mirada pero la sentía implacable sobre sí.
Intentó levantarse para huir pero sus manos fueron más rápidas, le aprisionaron los hombros en un abrazo posesivo y la levantaron haciéndola adherir a su amplio tórax.
Ese contacto imprevisto la turbó. Su cuerpo fue inundado por sensaciones contrastantes, su corazón comenzó a latir frenéticamente cortándole la respiración.
Temblaba y jadeaba como un cervatillo en una trampa y en ese momento Dorian supo que no habría tenido paz hasta cuando ese cuerpo suave e invitante, ese rostro, esos ojos espléndidos, esa alma indócil no le pertenecieran para siempre.
__Necesitas de alguien que te haga olvidar, pequeña__dijo, con voz áspera.
Apoyó sus labios ardientes sobre la blanca frente de ella, ene un beso leve y ardiente allá donde el ceño le oscurecía el rostro perfecto.
Sintió que detenía el aliento y se dio cuenta de haberlo retenido él mismo.
Había sido un gesto instintivo, un roce fugaz, pero había dejado una marca en ella.
__ ¿Usted?__preguntó ella con un hilo de voz. Incapaz de ejecutar el mínimo movimiento.
__ Sí, Kate. Desde el instante que me pediste de llevarte conmigo__.
__No estaba en mí…__Trató de justificarse, aunque sin mayor resultado. Ambos sabían muy bien, que le habría pedido que la llevara consigo aunque hubiera sido el demonio en persona.
__Tu me has confiado tu vida, niña, ahora me pertenece__.
Su rostro impasible parecía tallado en piedra, y sus ojos insoldables y magnéticos capturaron los de ella, en un mudo duelo de voluntades.

Esos ojos miraban su alma, se sintió inerme frente a él.
Por primera vez en su vida, Corinna se dio cuenta de desear conocer un hombre, ese hombre.
Había una suerte de primitiva determinación en esa mandíbula contraída, oscurecida por la barba no afeitada, que le provocaba estremecimientos de instintiva admiración…
Ese hombre podía, de veras, ser un demonio, el peor de los hombres, pero de una cosa estaba segura: nunca le haría daño.
Un extraño destello enfervorizó la mirada por una fracción de segundo y sus manos se contrajeron estrechándola contra sí.
__ Riesgo y peligro son la sal de mi vida, pequeña Kate__.
Por su expresión seria traslucía orgullo, voluntad, deseo…no gentileza, ni afecto, ni generosidad.
A su pesar, estaba fascinada. Su espíritu combativo se sintió fortalecido, como si de ese contacto con su cuerpo musculoso liberase linfa vital.
Dorian percibió ese cambio, lo sintió debajo de sus manos y a través de su respiración.
Tenía la impresión que su cólera se hubiese transformado en energía pura, y que la recogiese a través de él. Era una sensación embriagadora, irresistible.
A treinta y tres años, después de una vida de batallas, de botines, de sangre y de cinismo, había encontrado esta mujer, y le pareció de haberla esperado desde siempre.
Se inclinó prepotente sobre ella reclamando con la propia su boca suave; tenía un sabor exquisito, una mezcla de inocencia y sensualidad que le excitó los sentidos, como una chispa en un puñado de pólvora negra. Sentía sus senos temblar contra él, y su corazón latir contra el suyo… Corinna se movía, asustada y confundida, arrollada por sensaciones nunca experimentadas.
Le excitó los labios cerrados con la lengua y ella todavía trató de huir, luchando contra su fuerza y su deseo…contra un dolor quisquilloso, que debilitaba las piernas y le nublaba la mente.
Cuando él le cerró los dedos alrededor de la nuca delicada, acariciándole la piel sensible, su resistencia de disolvió, sus labios se entreabrieron, y él con un gemido de triunfo, introdujo la lengua, profundamente, abriéndola a él, a su red de posesión.
Se volvió un beso candente. Hambriento y exigente, comenzó a explorarla voluptuosamente, gustando su sabor obligándola a responder con el mismo ardor.
Corinna se sentía como si una ola la estuviese arrollando, millones de astillas febriles irradiaron de su cabeza, provocando una tempestad de estremecimientos que le invadieron el cuerpo, hasta el vientre. Se aferró a él inconscientemente.
Con renuencia, Dorian se separó de ella.
La respiración de ella era corta y apresurada, su pecho se alzaba y se bajaba furiosamente, y aún apretaba con fuerza su camisa entre las manos.
Se sintió deslumbrado por su belleza.
__Olvidarás el dolor, Kate. El pasado no puede nunca más tocarte__prometió con voz ronca.
__Pero usted, sí__susurró ella, llevándose las manos a los senos míseramente cubiertos.
Por primera vez, Dorian sonrió tiernamente, y Corinna pensó que era de verdad atractivo.
__ Sí__le acarició la mejilla ardiente luego, inesperadamente la soltó.
Se inclinó para recoger los vidrios rotos en el piso, y cuando de nuevo la miró su expresión había vuelto ser indescifrable.
__ Come, Kate __dijo__. Más tarde Cole vendrá a visitarte de nuevo.
Corinna no contestó. Del momento que Dorian se había separado de ella, tuvo la impresión que haber sido privada de algo. Y estaba tan confundida que no se dio cuenta de la mirada de fuego que le dirigió por pocos instantes, antes que el ruido seco de la puerta que se cerraba la volviese a la realidad.
Se llevó la mano al rostro, tocando allá donde sus dedos se habían detenido. Nunca se había sentido tan extraña y vulnerable.
Tendría que haberlo rechazado, pero sentía que no tenía la fuerza, ni la voluntad. Y se sorprendió por esto.
Loe guerreros de las Highlands eran hombres fuertes y potentes, poseían un coraje desmesurado y adoraban lanzarse en medio de las batallas.
Combatir era su vocación, y ella había aprendido a estimar valor, dureza, virilidad.
Un hombre cualquiera le habría parecido insignificante si comparado con aquellos de su gente… Pero Dorian no parecería insignificante ni siquiera delante del guerrero más grande y amenazador de toda Escocia.
Algo le dijo que Lord Mc Pherson habría probado respeto por ese hombre

 

traducción página : Samanta Catastini (www.samilla.wordpress.com)
traducción extractos : Maria Luisa Bagoni

 


 

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