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extractos
de la novela "Corinna"
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llegan de la novela "Corinna"de Kathleen
McGregor , están aqui publicados con
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Prólogo
Océano Atlántico – 1662
Era la mañana del 19 Noviembre, el cielo
estaba insólitamente limpio para ese período
del año, tanto así que la mirada se alargaba
por millas en cualquier dirección, hasta el
horizonte, sin que ni un asomo de neblina
impidiese la visión. El helado viento
inflaba las velas desplegadas como enormes
balones, haciéndolas vibrar en forma
pavorosa con cada ráfaga, y las seis naves,
como empujadas por la mano de Dios, se
deslizaban sin peso sobre el agua, en un
incesante balanceo entre las olas voraces de
remolinos burbujeantes.
El olor de la sal arremetía el aire húmedo,
haciéndose siempre más intenso a medida que
la flota se adentraba hacia el mar,
dejándose atrás la costa, que desaparecía
progresivamente, más allá de superficie
plateada del mar.
En poco tiempo el incesante, lastimoso y
agitado movimiento de las naves sobrepasó a
cualquier otro ruido y el balanceo aumentó.
Dorian Hugo O’Rourke, a bordo de la nave
mayor. Redfury of Northsea, una fragata de
ochenta toneladas armada con veinticuatro
cañones, recorría pensativo, con la mirada
hacia una y otra nave, deteniéndose en el
aspecto macizo, que las hacían demasiado
lentas y difíciles de maniobrar, y divagando
distraído sobre las modificaciones que
serían necesarias una vez que hubieran
llegado a destino.
Involuntariamente los recuerdos afloraron.
Acunadas en la sensación de tranquilidad que
el mar siempre le había sabido infundir,
imágenes del pasado se superpusieron a la
visón real, en un doloroso carrusel de
añoranzas.
La imagen de Lord Harold, en su lecho de
muerte, irrumpió con fuerza en su mente,
balanceándole delante los ojos y llenándole
los oídos de un silencio agobiante. Nunca
había amado a su padre.
Se apoyó lentamente en la baranda, la mirada
fija, le expresión indescifrable.
Pero sí, sí, él debía haberlo amado. A su
modo.
Se había quedado en Londres sólo el tiempo
necesario para cumplir con las formalidades.
Un funeral conmovedor, el pésame de los
parientes, la lectura de la última voluntad…Su
nombre era famoso en la patria de su padre,
muchos lo llamaban héroe, había quien lo
respetaba y quien le temía…pero en ese
contexto, impasible apartado de la familia
trastornada por el dolor, él no era más que
el bastardo irlandés de sir Anthony Harold,
el hijo del corazón de hielo.
Cuando tuvo conocimiento de los legados
destinados a él su sorpresa fue auténtica y
ese velo de indiferencia que inundaba su
mirada había disminuido imperceptiblemente…
El viento frío le hizo estremecer,
desordenándole los largos cabellos rojizos e
insinuándose debajo la fina tela de la
camisa.
Desde el puente de la Forthsite, que
navegaba a su derecha, Jonathan, el loco, le
hizo una seña con las manos, arrancándole
una sonrisa divertida, mientras algunas
palabras obscenas se perdieron en el fragor
del viento y las olas.
Se enderezó con toda su considerable
estatura y una luz ambigua brilló por un
instante en sus ojos, negros como una noche
sin luna, amenazadores como una tempestad.
Con paso veloz y seguro, indiferente del
balanceo constante de la nave, atravesó el
puente, controlando con rápidas miradas el
trabajo de los hombres, amarrando él mismo
los nudos de un par de cuerdas, y se dirigió
al timón.
Un hombre de aspecto feroz y el torso
horriblemente marcado por profundas
cicatrices, lo recibió con una mueca hostil.
__Estamos entrando en las zonas calientes,
Sharky, vira un cuarto a derecha y mantén
esa ruta…
El hombre escupió por tierra e hizo la
maniobra. El segundo, que seguía las
maniobras desde el castillo de popa, dejó su
lugar y se le acercó.
__... ¡Un hombre sobre la cofa de mesana,
soltar la vela de mesana! ¡Izar el foque!__
la orden resonó desde el puente.
Hubo un movimiento en la cofa y en las
jarcias, mientras las grandes velas venían
en poco tiempo desplegadas al viento.
Dorian levantó los ojos más allá de las
velas, deteniéndose sobre la figura inmóvil
de la atalaya encorvada bajo una manta
húmeda, golpeada por el viento, tratando de
controlar la parte de mar que los rodeaba.
Un trozo descolorido de tela que flameaba
salvajemente en la cima del palo mayor,
atrajo su atención que le provocó un leve
ceño.
__ ¡Y haz que bajen esa bandera!__agregó
serio hacia el segundo.
__ ¡Abajo la bandera!__gritó éste, sin
evitar una sonrisa divertida.
__Me preguntaba cuándo lo ibas a decir__
masculló Sharky, escondiendo detrás de la
expresión severa la propia satisfacción.
Dorian fingió no haberlo oído. Con una
mirada dejó a ambos, alejándose a grandes
zancadas, hacia bajo cubierta.
Cuando Henry, el bizco, desde el castillo de
popa del Prince of England, vio la bandera
inglesa de la Redfury arriarse velozmente a
lo largo del mástil y desaparecer arrebujada
entre las velas desplegadas y las jarcias,
la boca se le transformó en una mueca de
satisfacción.
__ ¡Finalmente se ha decidido, que se lo
lleve lo lleve el diablo!__rezongó con voz
ronca, luego, colocando su único ojo sobre
un joven grumete, ordenó:
__ ¡Tú! ¡Haz desaparecer esa bandera de allá
arriba!__.
En breve, las otras naves siguieron el
ejemplo de la Redfury y de la Prince of
England .
Uno después del otro, Walter Thomas Avery en
la Plymouth, Johnny McFee en la Judith, sir
Thomas Grant en la Holden, y el loco en las
Forthsite, hicieron arriar sus banderas,
entre carcajadas y bromas, siguieron a la
nave mayor, que penetraba como un tiburón en
las aguas atlánticas hacia España.
Llegando abajo, Dorian entró en su
alojamiento, más bien espartano si se
compara con las lujosas cabinas de los
oficiales de las fragatas auténticas.
La Redfury no ostentaba grabados dorados ni
preciosos cortinajes, si bien fue durante
años fuente de riquezas inestimables.
Esencialmente se presentaba como una nave de
guerra, dotada de un puente de cañones
cubierto, y de un depósito de municiones
bien abastecido, bajo el nivel del agua.
La luz gris del día entraba desde la pequeña
abertura de la escotilla, iluminando
débilmente la cabeza roja como el fuego,
inclinada sobre un montón de mapas náuticos.
La expresión seria de su rostro se relajó.
__Estás concentrado, Gavin__constató,
mientras acercándose unos pasos al
escritorio, se sacaba las pistolas de la
cintura y las posaba ruidosamente sobre los
mapas, al lado de los instrumentos de
navegación.
Dos claros ojos, verdes como los mares hacia
dónde se dirigían, se levantaron y sobre el
rostro joven, punteado de pecas, se pintó
una gran sonrisa.
__ ¡Hermano! No te oí entrar__.
__ No habrías escuchado ni un
cañonazo__puntualizó sacándose la camisa.
__ ¿Qué estás leyendo?__preguntó señalando
el escritorio.
El muchacho volvió su atención a los mapas.
__Estaba tratando de entender los cálculos
de rutas…
Dorian se colocó detrás y dio una mirada a
lo que él estaba garabateando sobre un
pedazo de papel.
No hizo ningún comentario, en cambio, tomó
la lámpara y la encendió, para poder ver
mejor.
__ ¿Tienes frío?__le preguntó. Notando que
se había envuelto en una manta.
Un estremecimiento involuntario de los
hombros le dio la respuesta que no llegaba,
con un suspiro atravesó la habitación y
cerró la escotilla.
__ ¿En Irlanda no hacía frío?__se sentó en
una silla y se sacó una bota después de la
otra, olvidándose de haber formulado una
pregunta.
Se echó sobre la cama, y cerró los ojos.
Irlanda…en su rostro se dibujó una mueca
cínica, llena de ironía. Su tierra no había
cambiado para nada, desde el día que la
había abandonado.
Ni su madre, si bien habían transcurrido más
de veinte años.
Había creído poder volver pisar su tierra
natal, protegido por el muro del tiempo, que
parecía haber borrado los amargos recuerdos
de esa breve niñez…pero se había equivocado.
La aversión y el rencor habían rebrotado,
provocándole una sensación de opresión.
Entre los poderosos miembros de la familia
O’Dowd, de la costa occidental, él era el
hijo inglés, aquel que había renegado de sus
orígenes, roto todo vínculo con su tierra.
Pero más que el desprecio de esos parientes,
no suyos, y hacerle arrepentir de ese
regreso imprudente, había sido la dramática
escena mezclada de dulces palabras y de
lágrimas fáciles que Lilith O’Rourke, lady
O’Dowd, había representado ante su
inesperada llegada.
No había permanecido más que unos pocos días…no
volvería nunca más.
Su carácter sombrío y su espíritu rebelde,
lleno de cicatrices y cinismo, no habrían
soportado una estadía más prolongada.
Se había hecho a la mar durante la noche
profunda, de improviso, sin saludar a nadie,
especialmente sin ver a su madre: para ella,
si bien nunca lo habría admitido, sería un
alivio, como ya lo había sido veinte años
atrás.
Había sido una desagradable sorpresa, una
vez dentro aguas profundas, en ruta hacia el
Atlántico, sorprender al hijo de su madre
escondido en la bodega.
Sabía lo que se diría entre los O’Dowd y
entre los O’Rourke. La historia se repetía,
pero, esta vez, ¡no era el inglés que
abandonaba la amada Irlanda!
De pronto Gavin giró hacia él:
__ ¿Dorian?__
__..¿Mmm?__
__ ¿De qué se trata esta zona punteada?
Cruza todas las rutas en distintos puntos
del océano, pero no tiene un sentido, y a
veces parece indefinida…
El silencio dominó por un imperceptible
instante.
Dorian no se movió, pero una sonrisa
maliciosa se dibujó en su boca.
__ Esas, hermano, son las rutas de las naves
españolas…__no logró esconder una sonrisa,
ya que la respiración del joven se había
detenido,…__y son nuestras rutas a cruzar.__concluyó.
Apoyado en la baranda del puente de mando de
la Plymouth, Walter Avery, catalejo en mano,
estudiaba el horizonte a su izquierda. El
viento soplaba con violencia, y a cada
ráfaga nubes de gotitas heladas y saladas
arremetían abofeteándolo.
__ ¡Vamos muy rápido!__ estalló una voz
enojada a sus espaldas__la vela de trinquete
está bajo mucha presión, no resiste esta
marcha. Si continuamos así la perderemos__.
__Ten fe Paul__ le reprochó, sin embargo no
pudo evitar dar una mirada preocupada al
mástil de proa. Levantó la mirada hacia la
atalaya y reclamó la atención lanzando un
silbido; desde lo alto un muchacho asomó,
haciendo un gesto negativo con la mano.
Se pasó una mano entre el cabello mojado,
distraídamente, luego cerrando el catalejo
que aún apretaba en sus manos, se aprestó a
descender bajo cubierta.
La flota mantuvo la marcha impuesta por la
nave maestra durante toda la jornada, sólo
hacia el atardecer Dorian hizo cerrar el
trinquete, velamen, foque y contra foque, el
velero disminuyó ostensiblemente la
velocidad, y él fingió no darse cuenta de
los suspiros de alivio que procedían de la
tripulación.
Durante la noche el viento amainó, y el
cabecear de los cascos sobre el agua se
dulcificó.
La temperatura había bajado terriblemente, y
los hombres de guardia, protegidos por
alguna manta o capa de lana, trataban de
reactivar la circulación de los miembros
helados, caminando continuamente arriba y
abajo en sus puestos.
En avistarlas primero fue el muchacho de la
atalaya de la Forthsite. Luego, el grito
“¡Velas a babor!” se desplazó de nave en
nave, hasta que todos, silenciosos por la
excitación, miraron hacia el horizonte en
una mística espera.
El sol estaba apareciendo y comenzaba a
aclarar, cuando como surgiendo de la nada,
envueltos en una leve neblina, se recortaron
los mástiles velados de un número indefinido
de galeones.
Dorian gritó las órdenes y la Redfury,
inmediatamente imitada por las otras, bajó
el farol de popa y viró hacia la derecha.
Las velas fueron orientadas al viento, y
protegidos por la oscuridad, se pusieron a
navegar a gran velocidad hacia el oeste,
paralelamente a la flota española, que ahora
aparecía inmensa.
Sobre la nave maestra, el San Salvador ,un
galeón de ciento veinte toneladas, armado de
veintiocho cañones, Don Alfonso Corraya y
Calente guiaba a cien naves de su flota
hacia la patria española.
La responsabilidad sobre sus hombros era de
proporciones gigantescas, ya era consciente
que en las bodegas de esos maderos estaba
acumulada la riqueza de España, en oro y
plata, para al menos los diez años sucesivos.
A pesar de ello se sentía seguro, convencido
que ninguna nave pirata se habría arriesgado
a atacar un conjunto tal de naves y bajeles
armados.
Satisfecho y orgulloso de sí, acarició el
encaje que le cubría el mentón pronunciado,
soñando los honores y la gloria que le
depararía esta empresa.
Claro que, su majestad catolicísima, no era
pródiga en donaciones en dinero, pero su
gratitud y benevolencia podían abrir puertas
muy ambicionadas. Y con la autoridad que los
títulos otorgaban. Acumular ingentes
riquezas no era problema, en el nuevo mundo.
Una luz tenue había comenzado a dorar el
horizonte mientras procedían lentamente,
pesados por la carga, en la oscuridad. El
viento se había levantado imperceptiblemente
y una hoz plateada de luna hacía brillar las
olas marinas.
__ ¡Almirante!__la voz cortés del vice
comandante lo trajo al presente.
Con un gesto distraído de la cabeza contestó
al saludo militar que se le ofrecía y lo
invitó a hablar.
__Se nos ha dicho por las retaguardias que
el San Juan , un galeón de fila, ha tenido
problemas a bordo .Un pendón se ha caído
sobre el puente y han perdido la vela
maestra. La están sustituyendo, pero se han
visto obligados a disminuir la velocidad, y
pronto quedarán atrás.
__ ¿Quién está al mando?__se informó.
__ El capitán Pérez, señor__.
__Bien__concluyó con relativa calma,
__señale a la vice almiranta de cola, la
Giralda, de disminuir la velocidad sin
apartarse del resto de la flota, y de
hacerla escoltar por un par de naves menores.
__ Estaremos menos compactos…__agregó
frunciendo el ceño__pero no la perderemos__.
__ Sí, señor. Inmediatamente ejecuto__y se
alejó.
Si bien aún se encontraban lejos de tierra
firme, la mayor parte de la travesía se
había cumplido, y había sido tranquila.
Don Alfonso se convenció que nada podía
suceder en ese trayecto de mar relativamente
breve.
Se sintió un león, y en parte lamentó de no
haber tenido la oportunidad de medirse con
algún pirata inglés, ya que una victoria
contra ellos habría de seguro notablemente
aumentado sus méritos y habría rendido su
empresa grandiosa, una vez llegado a
destino.
Estaba haciendo estas y otras
consideraciones, la boca fina, mostraba una
sonrisa ambigua, cuando llegó a sus oídos la
noticia que temía anhelaba con el mismo
ardor.
Se sobresaltó, mientras el grito “¡Naves a
babor!” se difundía de puente en puente, por
toda la flota, sembrando pánico en la
tripulación y la excitación entre los
oficiales.
Binocular en mano, Corraya trató de
localizarlas, el cielo todavía estaba
oscuro. Probablemente si hubiera sido de día
las habrían avistado mucho antes, en cambio,
habían sido tomados por sorpresa.
Estaban navegando velozmente en dirección
opuesta a la de ellos, manteniendo una
distancia que los hacían inalcanzables a sus
abordajes.
El olor de peligro le cerró el corazón como
una mordaza.
__ ¿Qué bandera flamean?__preguntó con un
grito sin apartar la atención de las sombras
de las naves del horizonte.
Fue el vigía que gritó la respuesta, y fue
una respuesta que le heló la sangre en las
venas:
__ ¡Ninguna!__ ¡Sólo un hombre era tan
atrevido de surcar los mares sin bandera!
La rabia lo sobrecogió, el rostro se manchó
de rojo mientras los ojos oscuros se
redujeron a dos rendijas amenazantes: ese
era O’Rourke, el corsario.
En un momento, como si algo lo hubiese
improvisamente iluminado supo lo que el
pirata haría. Abrió los ojos y perdió el
poco autocontrol, mientras enfurecido se
dirigió gritando a sus hombres.
__ ¡Nos golpeará en la espalda! ¡Adviertan a
la Giralda. Ese bastardo apuntará sobre
cualquier galeón de la cola, estoy seguro!...__respiraba
afanosamente, luchando contra el tiempo,
desesperado por encontrar una salida… __se
les apegará cono una sanguijuela escudándose,
y nosotros no podremos responder al fuego
sin arriesgar de golpear nuestras propias
naves!__
Se detuvo un momento a reflexionar. O’Rourke
era como un tiburón, apuntaba a la presa, la
golpeaba a muerte y la arrastraba lejos..,
pensó, pero esta vez había equivocado el
blanco, esta vez lo que estaba apuntando era
la cola de la ballena, y habría pagado a un
precio alto su descaro.
El San Salvador desplegó cada vela y bajo
los ojos atónitos de la tripulación de los
galeones que la seguían a breve distancia,
hizo contramarcha, en un ancho viraje a la
derecha. Casi contemporáneamente las
ventanillas de los lados del casco se
abrieron, mostrando las bocas oscuras de los
cañones, listos para el fuego.
De propia iniciativa, los comandantes de un
par de navíos escoltas, habiendo adivinado
la maniobra, hicieron lo mismo, separándose
del cuerpo de la flota que continuaba a
avanzar por la ruta original, y se le
pusieron detrás, armando los cañones.
Agarrado a la balaustrada del castillo de
popa de la Redfury, Gavin O’Dowd, observaba
fascinado la febril actividad que se
extendía entre la tripulación, visiblemente
excitada al pensar en la batalla. El puente
estaba lleno de hombres de aspecto espantoso,
armados hasta los dientes de pistolas,
espadas y cuchillos, mientras al lado de los
cañones se acumulaban municiones y pólvora.
Dorian impartía órdenes con la seguridad y
arrogancia de quien nunca había perdido una
batalla.
Parecía invulnerable, y él sintió que lo
admiraba como no había admirado a ningún
otro.
Le había ordenado perentoriamente de no
moverse de la cabina, pero Gavin no habría
perdido ese espectáculo por nada del mundo.
La Holden, la Judith y la Prince of England
los seguían a breve distancia, la Forthsite
navegaba a su derecha mientras la Plymouth
estaba a la cola.
Los gritos de batalla de Johnathan, el loco,
llegaron hasta los oídos de Walter, y él
sonrió.
Tenía una luz extraña que le iluminaba la
mirada mientras, con manos firmes, cargaba
primero una pistola, después otra,
colocándolas en la cintura.
En ese momento los españoles ya debían
haberlos avistado. La Redfury mantuvo la
ruta hasta cuando apareció en la retaguardia
de la flota. Los ojos pegados al catalejo,
Dorian estudió, evaluó al enemigo
individualizando la presa: un galeón que,
por alguna razón misteriosa, había quedado
apartado en la cola y avanzaba lentamente.
No estaba aislado, ya que algunas naves
parecían haber disminuido la velocidad a
propósito, para no dejarlo sin protección,
pero si bien estaban bien armadas, no
estarían en condiciones de defenderlo.
La boca torcida en una sonrisa diabólica,
lanzó las órdenes, prestamente transmitidas
a los cinco barcos detrás de ellos.
La luz del alba comenzaba a delinear los
perfiles de los cascos, el cielo era de un
azul cobalto encendido y contra de él
destacaba el blanco de las velas enemigas.
De pronto, la flota corsaria viró, viniendo
a encontrarse en un ángulo de un cuarto
respecto a los galeones españoles, y
apuntaba directo contra la zona de mar
inmediatamente detrás de la popa del San
Juan.
Pérez se sintió morir, mientras presa de
pánico comenzó a ordenar disparar, y así
hicieron los comandantes de la Giralda y las
naves extremas.
De las bolas de los cañones se levantaron
llamas cegadoras, mientras del agua a su
alrededor comenzó a hervir de burbujas.
Sobre la Redfury reinaba un increíble
silencio, los hombres, en grupos de tres en
cada tramo, esperaban, temblando de
impaciencia, la mirada fija en su capitán.
Sólo cuando un tiro amenazó alcanzarlos,
inundando el puente de agua, Dorian levantó
la mano armada en el aire, y con un grito la
dejó caer. En el instante inmediato el
puente tembló bajo el culatazo de los
cañones, luego pasados tres minutos que
sirvieron a los hombres para recargarlos,
hicieron fuego de nuevo.
Con el ejemplo de la nave maestra, la Holden
y la Judith, iniciaron a hacer fuego a su
vez, mientras la Forthsite superaba por la
izquierda la proa de la Redfurye e iniciaba
la maniobra de acorralamiento enviando
algunas descargas contra la popa de la del
San Juan en el intento de hacer blanco en el
timón.
Una serie de tiros cayó en el puente de la
Giralda, diezmando los hombres e
inutilizando un buen número de armamento,
otra serie trituró un palo del San Juan,
transformando lo que quedaba en una única e
inmensa lengua de fuego.
Estaban lo suficiente cerca y Gavin,
petrificado en su lugar, podía distinguir
los marineros correr desde sus puestos entre
los cuerpos agonizantes de los heridos, en
el intento de apagar el incendio.
Vio un hombre envuelto en una cortina de
fuego, lanzarse por sobre la baranda con un
grito que no tenía nada de humano,
terminando en el agua, donde de todas
maneras habría encontrado la muerte. Un
conato de vómito lo hizo inclinarse sobre sí
mismo.
Demasiado tarde, Dorian se dio cuenta del
enorme galeón y de los dos barcos que lo
escoltaban.
Protegido del conjunto de sus naves, el San
Salvador, había alcanzado la Giralda y como
aparecido de la nada, superaba rápidamente
el San Juan, ya detenido y en manos del
enemigo.
La Redfury se lo encontró directamente en la
proa.
La Forthside, intentó un viraje, con la
intención de salir de la línea de fuego pero
en la maniobra se inclinó violentamente,
arrojando fuera bordo varios hombres y
varios cañones, mientras el asta horizontal,
cortado por una primera ráfaga de tiros, se
llevaba la vela.
En menos tiempo de lo esperado, una lluvia
de balas de cañón arremetió contra las naves
corsarias, sin que éstas estuvieran
preparadas a recibirla.
Animado por ese giro en su favor, Pérez
reunió los hombres que le quedaban y
recomenzó a hacer fuego de modo frenético y
continuo, golpeando, tal vez más por suerte
que por habilidad, el puente de la Holden.
Entre gritos y maldiciones, le tripulación
de la Redfury se encontró bajo los tiros
mortales ocasionados desde el San Salvador,
con cuidado y precisión.
__ ¡Alejémonos de acá!__gritó Dorian,
lanzándose sobre el timón, mientras Sharky y
otros marineros maniobraban las velas.
Una serie de tiros abrió un desgarro a un
costado, y otra serie cortó el palo mayor
que en una nube de polvo, cayó arrastrando
consigo las velas en llamas y se estrelló
sobre el puente con un increíble estruendo.
Gavin, arrojado a tierra por el
desplazamiento del aire provocado por el
estallido, evitó por milagro ser arrastrado,
mientras una oleada de astillas de madera lo
arrolló hiriéndolo.
Lenguas de fuego iniciaron a atacar cada
cosa.
__ ¡Agua en la bodega, capitán!__.
Dorian afirmado en la barra del timón ladró
las órdenes a los hombres que luchaban con
las jarcias y con los cables de acero que
fijaban la mesana, los mástiles y las velas
de proa y las mesanas estaban aprisionadas y
las oscilaciones inconstante de la carena
entre las enormes olas, estaban tirando
afondo la nave.
__ ¡Tiren las velas! ¡Desplieguen toda la
tela que tengamos!__.
__ ¡Capitán una bomba se ha bloqueado, la
rotura es demasiado grande! ¡Estamos
embarcando agua como un río!__desde la
escotilla un hombre, empapado de agua hasta
la médula, gritaba sin aliento.
__ ¡Coloquen mantas y hamacas en la rotura,
detengan el agua!__la voz de Dorian apenas
se oía bajo el estruendo de la batalla.
__ ¡Hachas en mano, saquen ese palo del
puente y libérenlo de las velas!__
En el lapso de tiempo de un segundo, el
puente fue traspasado por los sonidos de las
hachas ocasionados por los hombres a lo que
quedaba del palo mayor.
Cuando finalmente comenzaron a virar para
sustraerse del fuego enemigo, la gran nave
soportó un enésimo golpe, sufrió un terrible
estremecimiento que le empujó hacia delante;
la barra del timón azotó con fuerza a Dorian,
catapultándolo sobre el puente.
Se oyó un estallido atroz, luego,
lentamente, en manos del viento y de las
olas, la Redfury comenzó a inclinarse.
En ese momento la proa de la Holden se
insinuó entre ellos y el enemigo, con la
clara intención de protegerlos se preparó
para una colisión sin igual.
Johnny McFee, en la Judith, los superó desde
la derecha colocándose de modo de cubrir la
retirada de la Forthside.
Cuando ya estaba claro que la Redfury se
estaba inexorablemente hundiendo, la Prince
of England se le colocó al lado, embarcando
lo que había quedado de la tripulación,
mientras la Plymouth protegía la maniobra.
Presos de una rabia sorda, Dorian, a su
pesar, ordenó la retirada.
Mientras los marineros abandonaban la nave,
en la más total confusión, él se precipitó
en busca de su hermano gritando su nombre.
En aquella confusión general, cubierto de
sangre y de ceniza, Gavin buscó a su hermano,
protegiéndose con los brazos los ojos del
calor de las llamas.
Tropezó con el cuerpo de un marinero,
terminando con la cara a tierra contra un
tonel de pólvora.
__ ¡Oh, Cristo!__gimió. Se levantó con toda
la rapidez que su cuerpo adolorido le
permitió. Intentó alejarse cuando con una
escalofriante crepitación la verga de mesana
consumada por el fuego, inició a deslizarse
contra el palo, cayendo sobre el tonel.
Apenas se dio cuenta cuando miró hacia ese
punto para lanzarse contemporáneamente hacia
delante.
El tonel explotò arremetiendo contra el
puente y la nave se estremeció, lanzándolo
al mar.
El agua helada lo acogió como una tenaza,
cortándole la respiración. Cuando reflotó
respirando afanosamente, se dio cuenta que
no estaba solo.
Algunas cabezas surgían desde el agua,
moviéndose entre las olas.
__ ¡Muchacho, agárrate!__
Un marinero a su lado lo cogió de la camisa
empujándolo hacia un madero de la nave.
Tosiendo y escupiendo lo agarró mirando
hacia la Redfury, ya presa de las llamas.
Sintió un terror sordo apoderarse de él y
comenzó a temblar convulsivamente.
__ ¡Nada, muchacho!__...escuchó la misma voz
animándolo__... ¡Debemos escapar de aquí,
antes que nos arrastre con ella…!
Con los ojos que le ardían por las lágrimas,
comenzó a nadar, entre el remolino de la
nave maestra que se sumergía, y las enormes
olas provocadas por el movimiento de los
cascos y de los contra golpes de los
cañonazos.
Delante de ellos estaba la Holden: la
salvación.
En el instante en que ésta se movió, un
grito desgarrador escapó de su boca,
mientras, paralizado por el frío y la
angustia, la vio alejarse.
No los habían visto y no los podían oír.
Para ellos era el fin.
Se apoyó llorando en el trozo de madera en
el que estaba sujeto, y oró hasta que la
muerte viniese pronto e indolora.
Cuando casi todos habían sido subido a bordo
y Dorian aún no se veía, Henry el bizco,
montó en cólera.
__ Por todos los diablos del infierno,
¿Dónde se ha metido ese bastardo?__.
Con voz feroz dio una perentoria orden, sus
hombres se pusieron pálidos pero no se
atrevieron a protestar.
Se acercaron tanto a la nave maestra que por
poco los costados no chocaron la una contra
la otra.
Asomado a la baranda Henry llamó una y otra
vez.
Vislumbró un movimiento sobre el puente,
tras la cortina de humo que se levantaba
desde las llamas, luego, de pronto, hubo una
explosión y fueron atacados por una multitud
de lenguas de fuego que se encendieron por
doquiera.
__ ¿Apaguen esos fuegos!__gritó, se sacó la
chaqueta, cogió la cuerda de una polea , se
dio un empujón, voló más allá de la baranda
y aterrizó en el puente semi destruido de la
Redfury. Con una seña ordenó a sus hombres
de alejar la nave, pero tuvo que dispararles
un tiro de pistola, antes que se decidieran
obedecer.
Maldiciendo, Henry comenzó a buscar Dorian
entre los cuerpos sin vida.
Viendo la Prince of England alejarse, Sir
Thomas Grant, hizo mover la Holden a toda
velocidad, viró hacia noreste, detrás de la
Judith y la Forthsite, a la larga del San
Salvador y alejándose de esa posición tan
precaria, antes que el depósito de
municiones de la Redfury estallase por los
aires.
En el momento en que también la Plymouth
maniobró para adelantarla por la derecha, la
figura de un hombre, inclinado bajo el peso
de otro, se recortó entre el humo y las
llamas, y un momento después saltó al vacío,
terminando en los remolinos del agua.
Walter dejó el puesto de mando, y como un
relámpago, corrió por el puente, hacia la
proa gritando a pleno pulmón:
__ ¡Hombre al agua! Paul vira a izquierda…abajo
las cuerdas, rápido. ¡Rápido!...__
Se asomó por la baranda y reconoció a Henry
que nadaba hacia ellos arrastrando un cuerpo
exánime.
__ ¡No diminuyan la velocidad!__gritó, luego,
se quitó la chaqueta, las botas y antes que
los hombres lograsen detenerlo se lanzó.
Nadó con toda la fuerza de la que podía
disponer, ya que era consciente que a
aquella velocidad la nave los habría perdido
en un tiempo muy breve.
Alcanzó a los dos hombres, agarró el brazo
libre de Dorian, y retornó a nadar hacia el
Plymouth.
En el momento en que con un esfuerzo
supremo, logró coger una de las cuerdas que
colgaban a nivel del mar. Supo que sus
órdenes no fueron obedecidas, y una cálida
luz le iluminó por un momento los ojos
irritados por la sal.
Cuando el cuerpo de Dorian fue izado a
bordo, Henry y Walter se dejaron caer más
allá de la baranda, sobre la superficie del
puente, la nave retomó su carrera, dejándose
a las espaldas las siluetas de los galeones
victoriosos, y la carcasa en llamas de uno
de los más temidos barcos pirata.
Walter todavía respiraba afanosamente,
mientras a la escena real su mente interpuso
imágenes del pasado.
Había pasado los últimos cinco años a bordo
de esa nave, y, Cristo, su corazón le dolía
como si hubiese perdido un compañero.
__ ¿Pero qué diablos hacía todavía a bordo
este irresponsable?...__atacó de pronto,
llevando su atención sobre el cuerpo inmóvil
de Dorian.
Henry levantó los hombros, sin traslucir
ninguna emoción.
__Tiene un desgarro profundo en el muslo…__informó
con voz neutra…__se le había introducido un
trozo de madera__explicó.
__ ¿Y la cabeza?__preguntó Walter notando el
chichón en la frente.
__Ese se lo hice yo__.
__ ¡No me lo digas!__ rió Walter.
Con un suspiro el bizco se levantó:
__ Sí, y no quiero estar aquí cuando
despierte__.
En su cabina, cómodamente sentado en su
butaca, Don Alfonso se congratulaba consigo
mismo por el extraordinario suceso obtenido.
Se acarició la barba sonriendo.
Había hundido la nave corsaria que por cinco
años había surcado las aguas desde las
colonias del nuevo mundo hasta Europa,
burlándose de la entera flota española,
depredando un galeón tras otro y
apropiándose de inmensas fortunas en
perjuicio de la corona española.
Se sentía satisfecho y excitado.
Sabía que Dorian no había muerto, sus
compañeros se habían lanzado sobre la
Redfury herida de muerte como una manada de
elefantes intentando de proteger su pequeño.
La velocidad y la rapidez de reflejos de sus
hombres habían impedido a Dorian de
sucumbir, ese día, y él se encontraba no
obstante, a envidiar a su enemigo.
Tocaron a la puerta, y ante su consenso,
ésta se abrió.
Un oficial entró en la habitación y saludó
militarmente.
__ Señor, los sobrevivientes que hemos
salvado y hechos prisioneros han sido
encadenados y esperan en el puente__.
__ Bien, Sánchez, vamos, quiero verlos__.
La luz gris de la aurora iluminaba sus
cuerpos sucios y mojados, no así el hostil
orgullo de sus miradas. Algunos se ellos
estaban heridos y estaban recostados en el
suelo, semi desvanecidos. Sufrían en
silencio.
La atención del almirante fue capturada por
un momento por una cabellera de un rojo
encendido, inclinada, entre dos hombros
delgados.
__Conocen su suerte…__sentenció en inglés
potente…__ a los heridos graves los
mataremos, los otros serán desembarcados en
España y entregados a las autoridades__.
El muchacho de cabellos rojos levantó la
mirada de pronto, Don Alfonso vio el odio en
esos ojos fríos, e involuntariamente lo
imaginó con algunos años más. Sería un
enemigo implacable, tal vez más que Dorian.
__ ¡Mi hermano se vengará!!__gritó con
énfasis__ ¡Te matará con sus manos, bastardo
español!...__
Sánchez que entendía el idioma, levantó una
mano para golpearlo pero fue inesperadamente
detenido por Corraya, cuyos ojos
instantáneamente se habían transformado en
dos hendiduras amenazantes.
__ ¿Hermano?__preguntó.
Gavin dio un paso adelante, haciendo
tintinear las cadenas de los tobillos, y con
una mueca de desprecio escupió en el suelo,
a los pies del español.
__ ¡Tienes la marca de la muerte en la cara,
Hidalgo!__.
Un silencio lleno de tensión caló sobre el
trío, Sánchez sintió un escalofrío
recorrerle la espalda mientras una sombra de
aprensión se insinuaba en su mente.
Don Alfonso no dio señales de temor,
mientras su segundo había visto en esas
palabras de muerte una premonición de
desventura, él no las había considerado más
que un desafío. Se acarició la barba.
__ ¡El hermano de Dorian!__dijo finalmente,
saboreando ante aquella revelación, el sabor
dulcemente embriagador de una sutil
venganza.
Capítulo 12
El rostro delicado, la piel suave y lisa, se
iluminó por un momento en una sonrisa
serena, un gemido de placer le surgió de sus
labios semi cerrados mientras se estiraba,
hundiéndose en la más suave de las almohadas
que pudiese recordar. Cuántas veces había
soñado ese sueño, siempre el mismo bellísimo
sueño, y después se había despertado en esa
celda sucia y oscura…envuelta en hielo del
temor.
Había aprendido, sí, lo que era el miedo.
Nadie nunca le había dicho cuánto pudiese
ser fuerte esa sensación, y cómo podía
marcar hasta aniquilar el valor y la
tenacidad… su ceño se marcó, consciente en
el sueño que estaba por despertar…su mente
estaba lúcida, sólo tenía que abrir los
ojos. Pero no quería despertar, no todavía.
Quería que esa sensación de paz infundida
por esa breve ilusión la acunase todavía un
poco más en sus espirales sin tiempo…
Pero cuando finalmente entreabrió los ojos,
no fue la oscuridad a recibirla, sino que
una luz cálida, dorada, que por un momento
le ardió las córneas.
Su respiración se detuvo. ¿Dónde estaba?
Desde la oscuridad de su memoria no llegó
ninguna respuesta.
Su mirada recorrió la habitación
desconocida, unos pocos muebles simples,
algún libro puesto desordenadamente en los
estantes, una mesa rebosante de mapas y un
par de botas masculinas en el suelo debajo
de ella.
Se alarmó.
Controló de nuevo a su alrededor y de nuevo
se encontró sola.
En el silencio, interrumpido por su leve
respiración, aumentó poco a poco el murmullo
ininterrumpido del mar, haciéndose por un
momento casi tangible, junto al leve
balanceo que mecía toda la estructura…
Era el mar. Esa revelación la dejó sin
aliento y por algún oscuro motivo, la animó.
Impulsivamente se sentó. La sábana fina que
la cubría se deslizó…Se sobresaltó. ¡Estaba
desnuda!
Se llevó las manos al pecho, protegiéndose
instintivamente, y se dio cuenta de las
vendas que le fajaban las muñecas, de las
que le rodeaban el tórax y la espalda…sus
brazos estaban limpios, así como todo su
cuerpo.
No había más ningún rastro de sangre, ni de
suciedad o de sudor.
Se miraba, atónita, pero en su mente sólo
encontró el vacío.
No recordaba de haberse lavado, no recordaba
siquiera como salió de la celda…se turbó.
¡No recordaba un pepino!
¡Tenía la impresión de haber dormido cien
años!
Y tal vez había sido así. Tal vez se había
desmayado.
Pero, entonces, ¿Quién la había cuidado?
Su mirada se deslizó espontáneamente en las
botas debajo la mesa.
Quién sabe por qué, el primer pensamiento
que pudo formular en ese momento fue que el
propietario debía ser un hombre muy alto.
Y fuerte, taciturno, viril. Le sugirió una
voz dentro de ella.
Enrojeció ante sus propios pensamientos.
¿Qué sabía ella?
Se puso a observar la habitación con cierta
curiosidad, segura ya que se trataba de la
cabina de una nave.
Sintió deseos de levantarse. Buscó con los
ojos alguna prenda cercana, algo para
vestirse. Se mordió los labios cuando se dio
cuenta que no había nada, pero sin
amilanarse se envolvió en la sábana y
descalza, bajó del lecho.
Una sensación de debilidad la invadió de
inmediato.
Comenzó a darle vuelta la cabeza, la vista a
nublarse, se llevó una mano en la frente y
se apoyó en la pared. En el intento de
mantener el equilibrio.
Las piernas de improviso débiles comenzaron
a ceder. Se sintió deslizar hacia el piso,
pero no estaba en condiciones de impedirlo…
Una imprecación verdaderamente poco femenina
brotó de sus labios justo en el momento en
que dos fuertes brazos la alcanzaban y la
levantaban.
Una segunda imprecación cortó el aire, pero
Corinna estaba segura que no procedía de su
garganta, porque tenía los labios cerrados y
porque, desde el momento que él, para total
consternación de ella, su cuerpo había
reconocido esos brazos, le parecía que había
perdido totalmente la capacidad de la
palabra.
…¿Estás bien? Contesta, pequeña…__esa voz le
dio calor, mientras los recuerdos comenzaron
a aflorar, todos juntos de una vez. El
alivio se transformó en dolor, muy intenso.
La estaba recostando en el lecho.
__¡No!__protestó con un impulso, y sin darse
cuenta se aferró a su camisa.
El hombre se inmovilizó
__ ¿No?__.
Corinna se retrajo. Cruzó las manos en su
regazo, no osando mirarlo.
__ No quiero volver a la cama__explicó
finalmente con una voz pequeña, pequeña.
¿Por qué se sentía tan terriblemente tímida?
Dorian la miraba admirado, esperando que
levantase el rostro, pero después de un
momento, se dio cuenta que esa espera podía
durar eternamente, antes que se decidiese.
__ ¿Te sientes mejor, pequeña?__.
¿Pequeña? Corinna se puso seria ante el uso
de ese apelativo y levantó la mirada,
fijándolo con dos ojos ceñudos de un divino
color amatista.
Quedó fascinado.
Muchas veces había buscado de imaginar esa
mirada debajo de los parpados cerrados, pero
lo que se le presentaba realmente superaba
cualquier expectativa…
__No soy pequeña__negó de un modo poco
convincente, mientras con un leve
levantamiento de hombros confirmaba la
evidencia.
__ Ahora puede colocarme a tierra,
gracias__.
__Antes debes recuperar un poco de fuerzas.
Estás malditamente pálida__.
__Permaneceré de pie__prometió con una pizca
de rabia.
Dorian levantó una ceja, y la boca dura se
transformó en una mueca divertida.
__No me había dado cuenta de haber tenido
una tigresa en mis brazos…__.
Corinna se agitó imperceptiblemente. Sostuvo
su mirada, si bien tuvo que hacer frente a
todo su coraje para hacerlo, ya que sus
ojos, los más negros que nunca había visto,
parecían traspasarle el alma.
__ ¡Bájeme!__le ordenó tratando que no
temblara su voz.
Después de un instante de mutuo silencio, él
atravesó la cabina y la colocó sobre una
poltrona.
__Terminarías de nuevo al piso. Y tal vez
también te desmayarías…_-le vio ponerse
tensa. Fingió no darse cuenta de sus
frenéticos intentos por cubrirse y no le
dijo que, debido a la situación, conocía
perfectamente cada centímetro de su cuerpo
bellísimo. Lo habría descubierto demasiado
pronto.
__ ¡Yo no me desmayo nunca!__negó demasiado
precipitosamente.
Él rio.
__ No me había dado cuenta__
__Es muy maleducado, señor…¿Cómo le debo
llamar?.__.
Dorian quedó atónito y al mismo tiempo
fascinado por su tono insolente. Era
evidente que debía sentirse mucho mejor. Se
relajó completamente, era la primera vez
después de la última semana.
Después de zarpar sus condiciones habían
empeorado tanto que también Cole, el médico
de a bordo, había temido lo peor. Había
creído perderla y se había sentido terrible,
también insensato.
__Me llaman Dorian, pequeña, y también
Bastardo. Inglés, Corsario…__
__ ¿Debo escoger?__
Si creía que la iba a desconcertar, había
fallado miserablemente. Sacudió los hombros.
__ ¿Tienes hambre? Hace siglos que no comes
nada de decente…__
__ ¡Oh, sí!__lo interrumpió cambiando
improvisamente de humor.
Lo miró darse vuelta y dirigirse hacia la
puerta, para comunicar la orden.
Realmente era alto, no pudo evitar notar y
ella era de veras pequeña. Cuando estuvo de
nuevo con ella, se sentó en una silla frente
a ella, cruzó las largas piernas envueltas
por pantalones oscuros, y comenzó a
estudiarla divertido.
__ ¿Esta es una nave inglesa?__preguntó
ella.
Parece una sirena. Pensó complacido.
__Podríamos definirla así. Formalmente lo
es__.
En silencio admiró la espesa cabellera roja
como el fuego, que caía despeinada sobre sus
cándidos hombros bien redondeados, y le
enmarcaba un rostro que parecía de
alabastro…esa sábana delgada que la fajaba
como una segunda piel le otorgaba una
belleza diáfana, y un aura de inocente
seducción propia de ciertas imágenes de
diosas griegas.
Corinna se detuvo a escrutarlo con el mismo
descaro: poseía un rostro no precisamente
hermoso, pero decididamente fascinante. Los
rasgos eran duros, angulosos, la boca bien
diseñada, severa, la mirada seria e
indescifrable…
__ No me gusta cómo me mira, sir__farfulló
ella de improviso.
__ ¿Por qué, cómo te miro?__.
__El hecho que me haya sacado de ese foso
espantoso no significa que pueda tomarse
ciertas confianzas, milord __dijo seca.
__No uses ese título conmigo, pequeña. Sería
desperdiciado, y a mi no me agrada__se
levantó y se dirigió hacia el mueble de los
licores__El hecho que yo te haya sacado
fuera de ese hoyo espantoso me da bastantes
derechos, desde mi punto de vista. Habrías
muerto, sin mi intervención__.
__ ¡Es muy gentil recordarlo!__murmuró ella.
Llenó la copa __Y sería un loco, si no me
aprovecho de alguno__ bebió.
__ Está adentrándose en aguas peligrosas…__
__Estoy acostumbrado__.
Llegó un muchachito con una bandeja llena de
alimentos. Corinna olvidó la respuesta
mordaz que tenía en los labios, y con el
rostro iluminado, se dedicó completamente a
saciar su estómago vacío.
Admiró su imagen infantil que se lanzaba
sobre la comida como un halconcito
hambriento. Ese repentino cambio lo
desconcertó. Había depuesto las armas para
enfrentar una necesidad
superior…Indudablemente esa mujer poseía un
cerebro, sin embargo, cada una de sus
reacciones parecía instintiva. La sinceridad
de sus movimientos y de sus miradas era
innegable.
La estudió silencioso por largos momentos.
__Quedaste inconsciente por varios
días…__dijo de pronto, aclarándose la
voz…__tenías fiebre muy alta, algunas
heridas se habían infectado__.
Corinna cesó de comer y se detuvo para
escucharlo atentamente.
Le pareció de leerle en los ojos un
reconocimiento sincero, pero eso no hizo más
que hacerle las cosas más difíciles.
__Las curaciones no podrán impedir que
permanezcan algunas cicatrices__.
Cayó el silencio. Corinna perdió el apetito,
él el buen humor.
__ ¿Son muy evidentes?__preguntó seca.
Dorian asintió.
__ ¡Bien!__explotó con rabia, maldiciendo en
gaélico.
__ ¡Me quedará un agradable recuerdo de esta
bella aventura! ¿Ciertamente, no tendré que
preocuparme más de algún proyecto
matrimonial!__.
__ ¿Matrimonio?__.
__ ¡Lo más gracioso de la situación! Me fui
para rehuirlo, pero el precio ha sido
bastante caro…__
Respiró profundamente, tratando de contener
la cólera y la frustración…había rechazado a
McCallan pero no la posibilidad de encontrar
al hombre adecuado. Con unas marcas tan
desagradables impresas en su piel nadie la
habría querido.
__ Tú no eres inglesa__dijo él con la
impresión de tener delante a una fiera
herida.
__ Eso no me ha beneficiado__.
__ ¿Cuál es tu nombre?__.
__ Corinna Kathleen Mc Pherson, del clan Mc
Pherson de Escocia__.
__ Kate__: pronunció ese nombre como una
caricia, ignorando deliberadamente el
primero.
Corinna notó en su voz un dejo de
sensuanlidad, y esto la alarmó.
__ ¿Milady, para usted!__.
__ Así que eres noble__ su tono, de
improviso sarcástico, no la tocó en lo más
mínimo.
__ Podría ser incluso la reina, y eso no
cambiaría el estado de las cosas. He sido
maltratada, fustigada y marcada
irremediablemente por un bastardo español y
ahora estoy a bordo de una nave,
aparentemente inglesa, en las manos de un
bastardo corsario…quien por una broma del
destino le debo la vida, y que probablemente
querrá ser recompensado de cualquier modo__.
Dorian la observó pensativo. No tenía nada
que objetar, pero diablos, había esperado un
poco de gratitud de aquella carita de niña.
No pudo descifrar si aquello que traslucía
su mirada venenosa fuese coraje, desencanto
o simplemente inconsciencia.
Su expresión se oscureció peligrosamente. Ya
era irritante que una mujer se dirigiera a
él de ese modo, inaceptable era que se
tratase de esa mujer.
__El cinismo no te conviene, Kate__la regañó
severo__ Las perspectivas actuales en todo
caso son mejores de las que tenías en
España__.
__ ¡En todo caso no dependerán de mí, como
no dependían de mí en España! Son siempre
ustedes los hombres a dictar las reglas del
juego__.
__ ¿Qué quieres decir?__.
__ ¡Exactamente lo que he dicho! Pero tenga
cuidado, señor, puedo haber fallado con
Corraya, pero seguro que mi mano no fallará
la segunda vez__.
O’Rourke, estaba desconcertado. No sabía si
hacer caso a la cólera provocada por los
insultos o aceptar con una carcajada la
ironía de la situación.
Por primera vez en su vida, no sabía como
comportarse. Tenía delante una gatita
aterrorizada, y sabía bien de que cosa
quería protegerse.
__ No me compares con ese perro de Corraya,
Kate, te advierto__rugió enojado.
__Estoy tratando de mostrarme paciente
contigo, mucho más de cuanto he sido con
cualquier mujer, porque imagino lo que debes
haber pasado allá, pero no pretendo
permitirte que te encierres dentro de una
coraza de hostilidad respecto a mí. Por lo
que has sufrido en el pasado, yo no tengo
nada que ver; por lo que concierne al futuro
veré de preocuparme de ti, y lo haré a mi
modo__.
Corinna sintió la garganta seca.
__ ¿De verdad es un…corsario?--.
__ Dorian Hugo O’Rourke, mi dulce Kate. Soy
un hombre de la peor especie, pequeña mía,
combato, mato, robo… ¡Pero nunca he violado
a jóvenes vírgenes!__ sus ojos ardían de
rabia y de deseo, así como su voz, baja y
ronca, la golpeaba y la acariciaba al mismo
tiempo.
__Estará orgulloso, supongo__.
El vaso vacío se rompió bajo la presión de
sus dedos. Corinna sobresaltó. Su cólera
casi era tangible. No osaba encontrar su
mirada pero la sentía implacable sobre sí.
Intentó levantarse para huir pero sus manos
fueron más rápidas, le aprisionaron los
hombros en un abrazo posesivo y la
levantaron haciéndola adherir a su amplio
tórax.
Ese contacto imprevisto la turbó. Su cuerpo
fue inundado por sensaciones contrastantes,
su corazón comenzó a latir frenéticamente
cortándole la respiración.
Temblaba y jadeaba como un cervatillo en una
trampa y en ese momento Dorian supo que no
habría tenido paz hasta cuando ese cuerpo
suave e invitante, ese rostro, esos ojos
espléndidos, esa alma indócil no le
pertenecieran para siempre.
__Necesitas de alguien que te haga olvidar,
pequeña__dijo, con voz áspera.
Apoyó sus labios ardientes sobre la blanca
frente de ella, ene un beso leve y ardiente
allá donde el ceño le oscurecía el rostro
perfecto.
Sintió que detenía el aliento y se dio
cuenta de haberlo retenido él mismo.
Había sido un gesto instintivo, un roce
fugaz, pero había dejado una marca en ella.
__ ¿Usted?__preguntó ella con un hilo de
voz. Incapaz de ejecutar el mínimo
movimiento.
__ Sí, Kate. Desde el instante que me
pediste de llevarte conmigo__.
__No estaba en mí…__Trató de justificarse,
aunque sin mayor resultado. Ambos sabían muy
bien, que le habría pedido que la llevara
consigo aunque hubiera sido el demonio en
persona.
__Tu me has confiado tu vida, niña, ahora me
pertenece__.
Su rostro impasible parecía tallado en
piedra, y sus ojos insoldables y magnéticos
capturaron los de ella, en un mudo duelo de
voluntades.
Esos ojos miraban su alma, se sintió inerme
frente a él.
Por primera vez en su vida, Corinna se dio
cuenta de desear conocer un hombre, ese
hombre.
Había una suerte de primitiva determinación
en esa mandíbula contraída, oscurecida por
la barba no afeitada, que le provocaba
estremecimientos de instintiva admiración…
Ese hombre podía, de veras, ser un demonio,
el peor de los hombres, pero de una cosa
estaba segura: nunca le haría daño.
Un extraño destello enfervorizó la mirada
por una fracción de segundo y sus manos se
contrajeron estrechándola contra sí.
__ Riesgo y peligro son la sal de mi vida,
pequeña Kate__.
Por su expresión seria traslucía orgullo,
voluntad, deseo…no gentileza, ni afecto, ni
generosidad.
A su pesar, estaba fascinada. Su espíritu
combativo se sintió fortalecido, como si de
ese contacto con su cuerpo musculoso
liberase linfa vital.
Dorian percibió ese cambio, lo sintió debajo
de sus manos y a través de su respiración.
Tenía la impresión que su cólera se hubiese
transformado en energía pura, y que la
recogiese a través de él. Era una sensación
embriagadora, irresistible.
A treinta y tres años, después de una vida
de batallas, de botines, de sangre y de
cinismo, había encontrado esta mujer, y le
pareció de haberla esperado desde siempre.
Se inclinó prepotente sobre ella reclamando
con la propia su boca suave; tenía un sabor
exquisito, una mezcla de inocencia y
sensualidad que le excitó los sentidos, como
una chispa en un puñado de pólvora negra.
Sentía sus senos temblar contra él, y su
corazón latir contra el suyo… Corinna se
movía, asustada y confundida, arrollada por
sensaciones nunca experimentadas.
Le excitó los labios cerrados con la lengua
y ella todavía trató de huir, luchando
contra su fuerza y su deseo…contra un dolor
quisquilloso, que debilitaba las piernas y
le nublaba la mente.
Cuando él le cerró los dedos alrededor de la
nuca delicada, acariciándole la piel
sensible, su resistencia de disolvió, sus
labios se entreabrieron, y él con un gemido
de triunfo, introdujo la lengua,
profundamente, abriéndola a él, a su red de
posesión.
Se volvió un beso candente. Hambriento y
exigente, comenzó a explorarla
voluptuosamente, gustando su sabor
obligándola a responder con el mismo ardor.
Corinna se sentía como si una ola la
estuviese arrollando, millones de astillas
febriles irradiaron de su cabeza, provocando
una tempestad de estremecimientos que le
invadieron el cuerpo, hasta el vientre. Se
aferró a él inconscientemente.
Con renuencia, Dorian se separó de ella.
La respiración de ella era corta y
apresurada, su pecho se alzaba y se bajaba
furiosamente, y aún apretaba con fuerza su
camisa entre las manos.
Se sintió deslumbrado por su belleza.
__Olvidarás el dolor, Kate. El pasado no
puede nunca más tocarte__prometió con voz
ronca.
__Pero usted, sí__susurró ella, llevándose
las manos a los senos míseramente cubiertos.
Por primera vez, Dorian sonrió tiernamente,
y Corinna pensó que era de verdad atractivo.
__ Sí__le acarició la mejilla ardiente
luego, inesperadamente la soltó.
Se inclinó para recoger los vidrios rotos en
el piso, y cuando de nuevo la miró su
expresión había vuelto ser indescifrable.
__ Come, Kate __dijo__. Más tarde Cole
vendrá a visitarte de nuevo.
Corinna no contestó. Del momento que Dorian
se había separado de ella, tuvo la impresión
que haber sido privada de algo. Y estaba tan
confundida que no se dio cuenta de la mirada
de fuego que le dirigió por pocos instantes,
antes que el ruido seco de la puerta que se
cerraba la volviese a la realidad.
Se llevó la mano al rostro, tocando allá
donde sus dedos se habían detenido. Nunca se
había sentido tan extraña y vulnerable.
Tendría que haberlo rechazado, pero sentía
que no tenía la fuerza, ni la voluntad. Y se
sorprendió por esto.
Loe guerreros de las Highlands eran hombres
fuertes y potentes, poseían un coraje
desmesurado y adoraban lanzarse en medio de
las batallas.
Combatir era su vocación, y ella había
aprendido a estimar valor, dureza,
virilidad.
Un hombre cualquiera le habría parecido
insignificante si comparado con aquellos de
su gente… Pero Dorian no parecería
insignificante ni siquiera delante del
guerrero más grande y amenazador de toda
Escocia.
Algo le dijo que Lord Mc Pherson habría
probado respeto por ese hombre
traducción
página : Samanta Catastini
(www.samilla.wordpress.com)
traducción extractos : Maria Luisa Bagoni |